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Mujeres Invirtiendo en Mujeres
Por Denise Dresser
La inherente superioridad de las mujeres me viene a la mente al pensar en las mujeres que Semillas honra esta noche. La historia con frecuencia se escribe en términos de invenciones y eventos e ideas revolucionarias. Pero es esencialmente la historia de personas. De individuos. De mujeres como Maribel Villalobos y su organización de mujeres indígenas; Nadxieelii Carranco y su red por los derechos sexuales; Julia Quiñonez y su Comité Fronterizo de Obreras; Guadalupe López y su recinto comunitario para lesbianas; Diana Damián y su trabajo en salud con perspectiva de género; Felipa Poot y Juana Chan y su proyecto de fomento artesanal; Karina Torres y su Centro Mirabal de Derechos Humanos.
Y a su lado, siguiendo su ejemplo, muchas mujeres de las nuevas generaciones que cargan consigo la promesa de ser extraordinarias. Mujeres como nuestras hijas que son sencillamente mucho mejores de lo que yo era a su edad. Más interesantes, más seguras, mejor educadas, más creativas, y de alguna manera esencial, menos temerosas. Como mi hija quien dice que sí, quiere casarse y tener hijos, pero después de que termine su segundo doctorado.
Nosotras, las que estamos aquí podemos decir con una pizca de orgullo que éste es el México que hemos contribuido a crear. Un país un poco más abierto, más libre. Donde las mujeres han crecido viendo y entendiendo que son tan capaces como los hombres sentados a su lado. Donde saben que sus opciones no son sólo ser secretarias o mamás o monjas. Donde entienden que su vida puede estar definida por su talento y no por su género. Donde construyen lo que Virginia Woolf quiso que habitaran: una habitación propia. Y todo esto es bueno no sólo porque satisface demandas milenarias de justicia, sino porque también despierta el reto de la generosidad con aquellas que no tienen la fortuna de estar aquí. Exige el compromiso de las hijas de la pluralidad y la democratización y la tolerancia y el avance con quienes aún no gozan de sus frutos.
Mujeres como muchas de las que no están aquí, pero son el otro volumen de un mismo libro. Mujeres como tantas de las millones que tan sólo sobreviven en México. Allí están las mujeres cuyas vidas no han cambiado mientras las de nosotros sí lo han hecho, esclavizadas por la tradición o el hambre o la discriminación o la violencia. Porque el país no avanza lo que debería. Porque la economía no crece lo suficiente. Porque el tiempo transcurre y porque los pobres no dejan de serlo. En México sigue siendo difícil saltar de una clase a otra; la brecha entre los de abajo y los de arriba es cada vez más grande, cada vez más infranqueable. Como lo revela un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo, la hija de un obrero sólo tiene el 10 por ciento de probabilidades de convertirse en profesionista. Nacer en la pobreza significa – en la mayor parte de los casos – morir en ella. O cargar cotidianamente con sus penurias como lo hacen tantas mujeres sobrevivientes ansiosas de un país dividido, de un sistema que no funciona para ellas.
No podemos llamarnos feministas si no pensamos en ellas y su destino. No podemos llamarnos seres humanos si no nos preocupamos por ellas y su carga. Ustedes, nosotras, mujeres educadas, con recursos, con influencia, no podemos cerrar los ojos ante la sombra de quienes padecen un país atorado. Un país que no educa a su población. Un país con petróleo pero sin ciudadanos participativos. Un país de empleados en vez de emprendedores. Damnificado por las riquezas que explota pero no comparte con las mayorías.
Eso hemos creado y tolerado durante tanto tiempo: un sistema de élites acaudaladas, amuralladas, asustadas ante los pobres a quienes no han querido – en realidad – educar. Porque no quieren franquear la brecha que tanto los beneficia. Porque no tienen los incentivos para hacerlo. Allí están los choferes y los obreros y los maestros y las empleadas domésticas y los jardineros mal pagados. Los que asisten a la escuela por turnos y dejan de hacerlo porque no parece importante. Sin primaria terminada, sin preparatoria acabada, sin una carrera profesional para hacerlos productivos, competitivos, ciudadanos empoderados de México y del mundo.
Un sistema político, social, cultural, basado no en el mérito sino en la relaciones. Basado no en la excelencia sino en los contactos. Donde importa menos el grado que el apellido. Donde los puestos se adjudican como recompensa a la lealtad y no al profesionalismo. Donde las puertas se abren para los disciplinados y no necesariamente para los creativos. La dádiva de generación en generación, de familia en familia, de mano a mano. La palmada en la espalda y el guiño del ojo. Los matrimonios que cimientan alianzas de negocios y de clase. Las compañías que pasan del abuelo al hijo al nieto. Los caudillos locales apoyados por sindicatos leales. El monopolio estatal que se vende al amigo y lo convierte en el hombre más rico del mundo.
Allí están los muros – educativos, culturales, sociales, empresariales -- construidos permanentemente contra los de afuera, obstaculizando la movilidad. Evitando el ascenso. Impidiendo el ingreso. De los pobres. De los provincianos. De los empresarios innovadores. De la competencia. De los que no tienen acceso al crédito. De las mujeres. De los que aprovecharían las oportunidades reales si existieran. Y que cruzan la frontera en busca de ellas. Millones de mexicanos y mexicanas con múltiples trabajos, supervivientes ansiosos de un sistema que no funciona para ellos.
Llevando la frustración a las calles. Reforzando la desesperanza de los desposeídos. Arando el terreno para cualquiera que siembre promesas, que ofrezca recetas rápidas, que provea “un proyecto alternativo” con el cual salvar a la nación. Alimentando el éxodo y la exportación de talento que entraña. Convirtiendo a México en un país de mujeres sin hombres porque 1 de cada 5 hombres de entre 26 y 35 años vive en Estados Unidos.
México tiene estabilidad, es cierto. México no ha padecido otra crisis económica, es cierto. México tiene el Programa Oportunidades, es cierto. Pero eso no es suficiente para consolidar una clase media. Para garantizar la movilidad social. Para construir trampolines que permitan saltar de la tortillería al diseño de “software”. Para darle ocho años más de educación al 20 por ciento de la población más pobre. Para cambiar una estadística que encoge el ánimo: el porcentaje de mexicanos entre 25 y 34 años con educación superior es de 5 por ciento, comparado con 2 por ciento para la generación treinta años mayor. Otros países han hecho más y lo han hecho mejor. En Corea del Sur la proporción es de 26 por ciento cuando hace treinta años sólo era de 8. Hace veinticinco años la economía coreana era cuatro veces menor a la de México; este año la rebasa.
Algo está mal. Algo no funciona. Tiene que ver con una cuestión profunda, histórica, estructural. La apuesta que el país le hace a sus recursos por encima de su población. La extracción del petróleo sobre la inversión en la gente. La concentración de la riqueza que ese modelo genera. Las disparidades que acentúa. La población pobre y poco educada que produce. El comportamiento clientelar que induce. La ciudadanía poco participativa que engendra. Los recipientes apáticos que hornea, generación tras generación.
El reto para quienes estamos aquí esta noche es reconocer esta realidad recalcitrante y cambiarla. De lo que se trata es pasar del triángulo al rombo. Para así crear una amplia clase media con voz, con derechos, con oportunidades para generar riqueza y acumularla. Crear mexicanas dinámicas, emprendedoras, educadas, competitivas, meritocráticas porque el país les permite serlo. Crear un sistema económico que promueva la movilidad social en vez de permitir la perpetuación de barreras de entrada que la inhiben. Porque si ese cambio de paradigma no ocurre, México – al final de este sexenio – otra vez seguirá siendo una economía frenada por instituciones que no ha podido remodelar y monopolios que no ha logrado desmantelar y estructuras corporativas que no ha logrado democratizar y mujeres que no ha logrado empoderar. Y seguirá siendo un país gobernado por políticos que en lugar de modernizar al país, se conforman con administrar su inercia.
Ahora bien esa inercia va a ser labor de todos, no sólo de los hombres. Los buenos gobiernos se construyen a base de buenos ciudadanos y esta reunión es una convocatoria para serlo. Porque cada seis años, México busca un Cid Campeador. Cada seis años, México busca un político capaz de redimir al país y rescatarlo. Los mexicanos gritan una y otra vez “No nos falles” y se sorprenden cuando eso ocurre. Por eso ha llegado el momento de reconocer que no hay salvadores. Que no hay redentores.
Solo hay ciudadanos – y ciudadanas -- con una obligación compartida: decirnos a nosotros mismos que Mexico cambia pero muy lentamente debido a la complicidad de sus habitantes. Todos aquellos que parten de la premisa: “así es México”. Parten de la inevitabilidad. Parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: “Y si no somos todos estoicos e impasibles – como Juárez y Cuauhtémoc – al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad”. Allí esta: nuestro conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra paciencia frente a un país que sólo le da 8 años de educación a su población. Nuestra pasividad ante lo que le pasa a nuestras mujeres. Nuestra convicción compartida de que México es incambiable.
El problema es que los ciudadanos conformistas engendran políticos mediocres. Los ciudadanos con bajas expectativas producen gobiernos que los reflejan. En México es más fácil jugar con las reglas existentes que exigir nuevas. Es más cómodo seguir las costumbres que confrontarlas. Es más rentable la conformidad cortés que la indignación permanente. Es más aceptable tolerar las grandes omisiones y negociar las pequeñas sumisiones. Pero esa complacencia permite que el país continué tratando a la mayoría de sus mujeres como lo hace.
La conformidad es la cobija confortable de los que no mueven un dedo debajo de ella. Es el lujo de los que rentan el carro pero no se sienten dueños de él. Y durante demasiado tiempo, México ha sido un país rentado para sus habitantes. Ha pertenecido a sus líderes religiosos y a sus tlatoanis tribales y a sus colonizadores y a sus liberales y a sus conservadores y a sus dictadores y a sus priístas y a sus presidentes imperiales y a su intelligentsia y a sus partidos y a sus élites. No ha pertenecido a sus ciudadanos. Por eso pocos lo cuidan. Pocos lo sacuden. Pocos lo aspiran. Pocos lo lavan. Pocos lo enceran. Pocos piensan que es suyo. Pocos lo tratan como si lo fuera. Porque como dice Larry Summers, el ex-presidente de la Universidad de Harvard, nadie nunca ha lavado un carro rentado. Pero de eso se trata y por eso estamos aquí hoy: de entender que el carro es nuestro y sus tripulantes – sobre todo las mujeres en el asiento de atrás -- también.
Quienes saben que el país es suyo no viven con el lujo del descuido. Quienes hemos vivido años fuera de México sabemos lo que es andar con el corazón apretado. Lo que es caminar a pasos de pequeñas nostalgias y grandes recuerdos. Lo que es extrañar el olor y el sabor y la bulla y la luz. Lo que es querer tanto a un país que uno siente la imperiosa necesidad de regresar y salvarlo de sí mismo. Lo que es vivir pensando – de manera cotidiana – que los gobernados pueden y deben vigilar a quienes los gobiernan.
Semillas
Las soluciones están allí para ser instrumentadas y las mujeres de Semillas nos están enseñando cómo. Tanto por hacer; tanto por cambiar; tantos sitios donde amontonar el optimismo. El optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la inteligencia.
El optimismo que nace de eso intangible e inasible pero profundamente poderoso que es el amor a la Patria.
Alguna vez, el periodista Julio Scherer García le pidió a Ernesto Zedillo que le hablara de su amor por México. Le sugirió que hablara del arte, de la geografía, de la historia del país. De sus montañas y sus valles y sus volcanes y sus héroes y sus tardes soleadas. Quisiera pedirles que hagan lo mismo y comprendan que frente a todos los motivos para cerrar los ojos están todos los motivos para abrirlos. Frente a las razones para perder la fe están todas las razones para recuperarla. Frente a todas las razones para no participar están todos los imperativos para hacerlo. Los murales de Diego Rivera. Las enchiladas suizas de Sanborns. Las mariposas en Michoacán. El cine de Alfonso Cuarón. El valor de Lydia Cacho. Los huevos rancheros y los chilaquiles con pollo. La sonrisa de Carmen Aristegui. Las medallas de Ana Gabriela Guevara. El mole negro de Oaxaca. Los libros de Elena Poniatowska. El compromiso de Marta Lamas. Los tacos al pastor con salsa y cilantro. El humor de Carlos Monsiváis. El mar en Punta Mita. Las canciones de Eugenia Leon. La poesía de Efraín Huerta. El Espacio Escultórico al amanecer. Cualquier Zócalo cualquier domingo.
La forma en que los mexicanos se besan y se saludan y se dicen “buenas tardes” al subirse al elevador. Las fiestas ruidosas los sábados por la tarde. La casa de Luis Barragán. Los amigos que siempre tienen tiempo para tomarse un tequila. Los picos coloridos de las piñatas. Las casas de Manuel Parra. Las bugambilias y los alcatraces y los magueyes. El helado de guanábana. La talavera de Puebla. Las fotografías de Graciela Iturbide. Los mangos con chile parados en un palo de madera. Las comidas largas y las palmeras frondosas. La pluma de Jesús Silva Herzog Márquez. Las mujeres de Semillas invirtiendo en otras mujeres.
Cada persona tendrá su propia lista de palomas, su propio pedazo del país colgado del corazón. Una lista larga, rica, colorida, voluptuosa, fragante. Una lista para pelear contra la lógica enraizada del “por lo menos” hay paz social; “por lo menos” la pobreza extrema ha disminuido un poco; por lo menos los Fox sólo se robaron un Jeep rojo y una Hummer. Hoy, la lógica compartida del “por lo menos” equivale a una defensa de la mediocridad. Equivale a una apología del statu quo que beneficia a pocos y perjudica a muchos. México sólo será un país mejor cuando sus habitantes dejen de pensar en términos relativos y empiecen a exigir en términos absolutos. Cuando se conviertan en profetas armados con una visión de lo que podría ser. Cuando empuñen lo que Martin Luther King llamó “coraje moral”. Cuando vociferen que los bonos sexenales y la rapacidad de los sindicatos y la educación atorada y el desempleo constante y la desigualdad lacerante y la marginación de millones de mujeres son realidades que ningún mexicano está dispuesto a aceptar.
Porque si nadie alza la barra, el país seguirá viviendo – aplastado – debajo de ella. Porque si las mujeres no alzan la voz contra la victimización de otras se vuelen sus cómplices. Porque si nadie exige que las cosas cambien, nunca lo harán. Porque si los mexicanos siguen habitando el laberinto de la conformidad, será muy difícil mejorar el destino de sus mujeres desde allí. Por eso les pediría – a cada uno de los presentes – que esta noche antes de salir hagan una declaración de fe, como la frase que acuñó Rosario Castellanos. Que desarrollen una filosofía personal para ver y andar, vivir y cambiar, participar y no sólo presenciar.
Yo tengo la mía, enraizada en la terca esperanza, en una convicción inquebrantable de mejorar a México.
Y yo creo que es necesario volver a México un país de ciudadanas. Un lugar poblado por mujeres conscientes de sus derechos y dispuestas a contribuir para defenderlos. Dispuestas a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes cambios. Dispuestas a sacrificar su zona de seguridad personal para que otros la compartan. Yo creo que ser de clase media en un país con cuarenta millones de pobres es ser privilegiado. Y los privilegiados tienen la obligación de regresar algo al país que les ha permitido obtener esa posición.
Y por eso les pido que esta noche se asuman como filántropas. Que se asuman como protagonistas de un proyecto compartido: el de salvar a México de sí mismo. Que quieran ser parte del proceso de transformarlo. Que a través del altruismo descubran el poder revolucionario del compromiso con las mujeres de México, unidas no por su clase o sus filias políticas sino por su humanidad esencial. Ustedes – aunque no lo crean – pueden hacer una diferencia pavimentando el camino para las que vienen detrás. Exponiendo la brecha entre pobres y ricos, entre la justicia y la injusticia, entre decir que uno apoya a las mujeres y demostrarlo. Hablando, denunciando, participando, donando.
Hace poco, en un evento de recaudación de fondos para mujeres, Abigail Disney – la nieta del fundador del imperio Disney – retó a las mujeres que la escuchaban a que donaran hasta que les doliera. Yo las reto a lo mismo. A ser volcán y con ello contribuir a la reconfiguración de los mapas con nuevos picos y nuevas cumbres. A cruzar aquello que Carlos Pellicer llamó “la línea ambulante de nuestra bien construida soledad”. Pasar del archipiélago de las palabras a la tierra firme de la acción. Entrenarse para retribuir. Porque, modificando un poco a Pellicer, la Patria necesita más mujeres que le hagan ver la tarde sin tristeza. Hay tanto y lo que hay es para pocos. Se olvida que el país es para todos; que la Patria debe ser nuestra alegría y no nuestra vergüenza por culpa de nosotras. Es difícil ser buenas. Hay que ser heroínas de nosotras mismas.
Yo creo que eso es posible, pero sólo ocurrirá cuando la fe de algunas se vuelva la convicción de muchas. Cuando la crítica fácil se traduzca en la participación transformadora. Cuando la creencia en el cambio se concrete en decisiones diarias para asegurarlo. Cuando ustedes saquen su chequera y se comprometan con las mujeres de Semillas y con las mujeres de México al hacerlo.
¿Por qué apostarle a las 5 “C’s” de la filantropía para mujeres: las “C’s” de cambio, conexión, colaboración, compromiso y celebración? Porque en mi película favorita En El Paciente Inglés, Katherine murmura “nosotros somos los verdaderos países, no los límites marcados en los mapas, no los nombres de los hombres poderosos.” Y México no es el país de Felipe Calderón o Andrés Manuel López Obrador o Emilio Azcárraga o Carlos Slim o Manlio Fabio Beltrones o Emilio Gamboa o Mario Marín o Ulises Ruiz. No es el país de los panistas o los perredistas o los priístas. No es el país de los diputados o los gobernadores o los burócratas o los líderes sindicales. Es el país de las mujeres que Semillas se empeña en empoderar. Es el país de uno. El país nuestro. En el 2007 y siempre. |