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¿Cómo
hablar de un grupo excluido -y en favor de sus derechos-,
sin que la "mayoría" excluyente
se sienta excluida?
El problema no son los hombres
Como pensadora del tema
del feminismo y de la equidad de género, me
resulta importante poner de manifiesto que no estoy
en contra de los hombres; las feministas no lo estamos.
Estoy a favor de las relaciones de equidad entre hombres
y mujeres; de relaciones más sanas
y enriquecedoras entre ambos; de relaciones constructivas
basadas en el reconocimiento de la igualdad de derechos
y oportunidades, desde la diferencia de género;
de un mundo que no esté dividido en dos —hombres
y mujeres— por el trato discriminatorio que se
da a la mujer hasta nuestros días. Estoy a favor,
en última instancia, de la dignidad del ser
humano sin importar su género.
Para lograr esa,
la visión del feminismo, es
necesario primero poner de manifiesto la situación
actual, identificar lo que falta para llegar a ese
escenario de verdadera equidad. Cuando hablamos de
aquello que violenta los derechos de la mujer estamos
señalando los casos en que así sucede,
no generalizando. No obstante y por desgracia, la situación
de la mujer a nivel mundial es de gran desventaja en
un amplísimo porcentaje, lo que conlleva a una
errónea percepción de "normalidad" de
esa condición, perpetuándola. De ahí la
necesidad de trabajar en favor de las mujeres y erradicar
la inequidad de su situación en la sociedad.
El feminismo no es la contraparte del machismo
La cultura machista promueve una visión equivocada
de superioridad masculina que justifica la discriminación
o el maltrato de diversa índole hacia la mujer
(incluso entre mujeres); avala la descalificación
de la mujer, en muchos ámbitos, por su condición
de género. Es en este contexto en donde, sin
reconocer el valor intrínseco de la mujer como
ser humano, se objetiviza el cuerpo femenino como mercancía
y herramienta publicitaria, lo que fomenta que en la
vida cotidiana, se reproduzca esa percepción
y se le trate como un objeto (sobre el que se pretende
tener propiedad y derechos que sólo le corresponden
a ella, como dueña de su propio cuerpo). El
feminismo rechaza esa cosmovisión.
Cada vez más, sobretodo entre las nuevas generaciones,
hay hombres que también van contra la corriente
y asumen posturas equitativas y respetuosas hacia la
mujer, relacionándose con ella como iguales;
conozco a más de uno que se autodenomina profeminista
sin atentar en lo absoluto contra su masculinidad.
Desafortunadamente siguen siendo minoría y,
a menudo, incluso quienes no están a favor de
los comportamientos machistas, son arrastrados por "la
corriente" debido a la falta de información
y conciencia sobre lo que es la visión de equidad
de género.
Por ello, mi admiración y apoyo a todos aquellos
que, atravesando la gruesa capa de la visión
patriarcal, reconocen la inconsistencia del discurso
machista y se permiten explorar el poco conocido territorio
de la equidad en favor de hombres y mujeres por igual;
celebro que se den cuenta cómo el sistema en
el que hemos sido educados los tiene también
presos del trato desigual, por ejemplo, colocándoles
la enorme carga del rol de proveedor en las relaciones
de pareja y familia, equiparando su valor personal
con su capacidad de generar ingresos y proporcionar
bienestar material. Me entusiasma cuando un hombre
acepta la invitación implícita a asomarse
a la ventana femenina y abre un canal de comunicación
para el intercambio de ideas, el debate y la construcción
de nuevos modelos de pensamiento, percepción
y acción en las relaciones hombre-mujer.
Cuando hacemos una crítica a ciertos comportamientos
que violan los derechos de la mujer, no estamos asumiendo
que todos los hombres piensen o actúen de cierta
forma, sino que estamos haciendo un señalamiento
del sistema de pensamiento prevaleciente, el patriarcado,
y la forma en que éste nos afecta tanto a hombres
como a mujeres en nuestra forma de interrelacionarnos,
desde una plataforma de inequidad que trae graves problemas
en la interacción humana.
Valores del feminismo
El feminismo es incluyente. Si bien se ocupa de un
grupo en particular —el de las mujeres—,
su objetivo es el del bienestar común; su causa
son los derechos humanos, señalando en particular
a un grupo que es constantemente sujeto de la violación
de éstos. El feminismo también es pacifista,
cree en los valores de la vida y del amor, de la armonía
y de la no violencia, de la conciliación; el
tono combativo de su discurso proviene de la dinámica
patriarcal del ataque, la defensa y el contraataque;
se trata, a menudo, de respuestas defensivas para las
que habremos de seguir buscando mejores alternativas
(fuertes, firmes y al mismo tiempo amorosas). Las feministas
no somos autocompasivas, y a lo largo de la historia
hemos pasado de la reacción a la proactividad.
Pensamos, proponemos, tendemos puentes, nos exponemos,
iniciamos el diálogo porque queremos entablar
canales de comunicación constructivos y llenos
de posibilidades.
Lilyán de la Vega es licenciada
en relaciones internacionales y diplomada
en estudios de género.
Fotos
cortesía de Lucero González
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