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“Trabajaba como cajera en la librería
Olimpia y en mis tiempos de descanso me gustaba escribir
frases y poemas que hablaban del lesbianismo. No supe
en qué momento tomaron de mi caja el cuaderno
donde escribía eso. Un día llego a mi
trabajo y me encuentro con la noticia de que otra persona
estaba en mi lugar. Inmediatamente fui donde el jefe
de personal a preguntar por qué me habían
hecho eso. Este me contestó que agradeciera
que no les hubiese dicho a mis compañeros que
yo era lesbiana, y que mejor me fuera sin reclamar
nada. Lo único que hice fue recoger mis cosas
y salir”, cuenta Marta, de Bolivia.
Testimonios así, en donde se viola el derecho
a la libertad, a la libre expresión, a la integridad
personal, a la intimidad, al trabajo y a la no discriminación,
hay decenas.
Las principales víctimas de la violencia laboral
son las mujeres, y si son lesbianas más aún,
es una de las conclusiones de La
invisibilidad aseguraba el puchero: lesbianas y discriminación laboral
en América Latina. La investigación,
que acaba de ser publicada, enfatiza los casos de Colombia,
Bolivia, Brasil, Honduras y México, haciendo
acopio de testimonios y experiencias, como así también
del contexto y el marco legal específico.
Con el auspicio y trabajo de la Comisión Internacional
de los Derechos Humanos para Gays y Lesbianas (IGLHRC)
que tiene su sede central en los Estados Unidos y su
oficina regional en la Argentina, ADEIM-Simbiosis de
Bolivia, Artemisa de México, Cattrachas de Honduras,
Criola de Brasil y la Red Nosotras LBT de Colombia,
La invisibilidad aseguraba el
puchero: lesbianas y discriminación laboral
en América
Latina está basada
en testimonios de mujeres lesbianas insertas en el
mercado laboral de los países
estudiados, con promedio de edad de 30 años,
que sufren discriminación por su elección
sexual. Desde una perspectiva socioeconómica,
la mayoría de las entrevistadas se ubican en
el sector que va desde la clase media hasta la clase
obrera.
Allí aparecen “algunas formas de discriminación
a las que se enfrentan las lesbianas en el ámbito
laboral, que se parecen a las que viven los varones
homosexuales, particularmente las relacionadas con
el acceso a las prestaciones, las implicaciones psicológicas
y emocionales de quedarse ‘en el closet’,
y la imposición del requisito de que las mujeres
exhiban una apariencia convencionalmente femenina (o
masculina, en el caso de los hombres)”.
Triple condena
El informe muestra, a través de cifras de toda
la región y detalladas descripciones de los últimos
años, que los jóvenes y las mujeres son
los dos sectores más relegados políticamente,
perjudicados socialmente y castigados económicamente.
Pena triple si se trata de lesbianas.
Narrando lo damnificadas que están las mujeres,
el informe puntualiza: “Las lesbianas no son
la excepción: por el contrario, a la desventaja
de género, le suman las consecuencias de la
discriminación por su preferencia sexual. Al
percibir las mujeres salarios inferiores a los de los
hombres, las familias lésbicas están
más expuestas a la pobreza que las familias
en las que hay varones (tanto heterosexuales como hombres
gays). Pero también, al contar las mujeres con
menores ingresos y al acceder en menor medida a los
niveles superiores de la educación, las jóvenes
lesbianas tienen menos posibilidades que los hombres
gays de independizarse –lo que resulta imperioso
en los casos (muy frecuentes) en que las familias condenan
la preferencia sexual. Y también, al haber percibido
menores ingresos durante toda su vida, las lesbianas
mayores tendrán menores ingresos como jubiladas
y –debido a la falta de reconocimiento legal
de las relaciones entre personas del mismo sexo– no
podrán sumar a sus ingresos la pensión
de su pareja, como sí pueden hacerlo las mujeres
heterosexuales”.
La publicación también muestra, por
medio de valientes declaraciones, estrategias y recursos
de supervivencia en contextos laborales, entre los
que se destaca el ocultamiento, la ubicación
en lugares de pensamiento más abiertos, la afirmación
desde la militancia u otros. Por otro lado, el trabajo
reconoce experiencias de apoyo y solidaridad entre
compañeros, superiores y colegas. Haciendo hincapié en
el desgaste emocional que sufren las lesbianas por
no poder asumir su verdadera identidad en sus trabajos – o
pagando las consecuencias por haberlo reconocido públicamente-,
el informe se detiene a hacer un análisis pormenorizado
de las experiencias en ONGs, en donde se respira un
aire más distendido y menos represor, pero los
salarios son mucho más bajos en relación
a las empresas.
“Como en muchos otros puestos
de trabajo en las ONGs no existe estabilidad laboral,
nunca se sabe si los proyectos van a continuar o no.
Esto no tiene que ver específicamente con el
tema de la opción
sexual, pues se debe a la situación económica
del país. Sin embargo en este contexto, el ser
mujer y lesbiana implica ser más vulnerable
a perder el trabajo, y además tener menos posibilidades
de conseguir otro, en el caso de ser lesbiana pública.
Pues es más difícil que alguien quiera
contratar a una mujer que se declara públicamente
lesbiana”, cuenta Martina.
El informe finaliza
con conclusiones y recomendaciones para sindicatos,
ONGs y empresarios, pero fundamentalmente para los
gobiernos latinoamericanos. Allí se
recuerdan todos los tratados internacionales de no
discriminación firmados país por país
y los derechos laborales de cada ciudadano, sin importar
su orientación sexual.
Porque no todos somos
iguales, pero sí lo somos frente a la ley y al derecho,
la publicación llama
al cumplimiento de las legislaciones existentes e invita
a reflexionar y cambiar las percepciones que tiene
la sociedad de las minorías sexuales.
La nota fue elaborada a partir de la
investigación “La invisibilidad
aseguraba el puchero: lesbianas y discriminación
laboral en América Latina”,
de IGLHRC y otras. Agradecemos a Artemisa
Noticias, de Argentina, las facilidades
prestadas para su publicación.
Fotos
cortesía de Lucero González
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Gloria Elisa Blanco
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