Colaboración del mes: “México 2006: La Disputa por la Nación” por Denise Dresser

Estas son tareas titánicas para alguien cuyos hombros parecen pequeños. Cuya historia no revela el arrojo que requerirán. Cuyo paso por el poder no demuestra una vocación para usarlo con ganas. Pero si Calderón quiere ganar y gobernar tendrá que asumirlas y aclarar cómo las enfrentará, más allá de posicionarse en este momento como el nuevo inevitable, después de una campaña negativa muy eficaz.


Andrés Manuel López Obrador: Candidato Aguerrido

¿Qué retos enfrenta en su camino a la presidencia? Antes se le comparaba con Lula y ahora se le compara con Chávez. Antes se aplaudía su moderación y ahora se condena su estridencia. Antes parecía el líder inevitable de una izquierda moderna y ahora parece el dirigente polarizador de una izquierda recalcitrante. Para muchos miembros de la clase media, el Peje ya no es un político al cual hay que impulsar, sino un hombre peligroso al que es necesario frenar.

Aunque lo quiera o no, la percepción pública de Andrés Manuel López Obrador está vinculada a la figura controvertida de Hugo Chávez. A la reputación de Hugo Chávez. A la sombra de Hugo Chávez. A los temores que incita y los miedos que provoca. A la polarización que ha producido en el país que gobierna. Las comparaciones son inevitables por el lenguaje compartido, por la conducta confrontacional, por el cuestionamiento incesante del status quo que los dos deploran. Ambos hablan de la purificación de la vida nacional y cómo lograrla. Ambos hablan de las instituciones corruptas y cómo combatirlas. Ambos hablan de “el pueblo” y cómo rescatarlo. Ambos descalifican, ambos acusan, ambos confrontan. Ambos miran al Establishment político y desprecian lo que ven allí. Congresistas corruptos y políticos rapaces; empresarios que ordeñan al país y quieren seguir haciéndolo; élites que protegen sus intereses y ciudadanos que pagan el precio.

El diagnóstico que López Obrador hace de la vida nacional es acertado. México se ha convertido en un país de pobres marginados y ricos amurallados; de bodas fastuosas en Valle de Bravo y marchas multitudinarias en el Zócalo; de rescates bancarios y mexicanos sin salvación. AMLO revela una verdad ampliamente reconocida pero poco discutida: México no es un país de ciudadanos sino de intereses. Y de allí su popularidad. De allí la percepción de su honestidad. Saca a la luz el espejo enterrado y confronta al país con su propio reflejo. Con el perfil de la desigualdad. Con los rasgos de la inequidad. Con la imagen de un país partido en dos, donde pocos ganan y muchos pierden.

López Obrador sabe que la esperanza de cambio sigue allí. Que la insatisfacción con el status quo persiste. Que muchos de aquellos que votaron por Vicente Fox quieren que pase algo más que la parálisis de este sexenio. Y por ello no se centra en pequeños temas de política pública sino en grandes temas de justicia social. De pobreza y dignidad. De corrupción y complicidad. De privilegios y rapacidad. De los nudos históricos que han atado al sistema político mexicano y hoy lo estrangulan.

Sin embargo, la solución que AMLO – hoy – ofrece para los males del país dista de serlo. Ofrece planes que huelen a viejo; presenta ideas que son insuficientes; propone alternativas que en realidad no lo son. Sabe lo que no funciona pero no sabe cómo arreglarlo. Y el problema es que cree que lo sabe. Cree que los buenos deseos de “Un Proyecto Alternativo de Nación” bastan para gobernar, para transformar, para refundar. No escucha a quienes quisieran decirle que no es así. Lo más preocupante de López Obrador no es su retórica sino su reticencia. Lo más alarmante de López Obrador no es su “populismo” sino su tozudez. Su ignorancia sobre su propia ignorancia. La obcecación que ha demostrado durante las últimas tres semanas ante los errores de su campaña presidencial.

Y las dudas que despierta por la forma en la cual coloca la voluntad popular por encima de la representación institucional. La democracia construida sobre derechos colectivos en vez de libertades individuales. El referéndum constante como legitimador a modo. El papel tutelar del Estado vis à vis la sociedad. La política concebida como la entrega de bienes en lugar de la protección de garantías. El pueblo por encima del individuo. El discurso paternalista en lugar del discurso innovador. La impaciencia con los checks and balances. El petróleo como panacea. La percepción de la política como la continuación de la guerra por otros medios. La visión del desarrollo basada en la promoción de obras públicas. Segundos pisos por todo el país.

Ahora bien, López Obrador es producto de sus enemigos. Es un político providencial creado por un sistema disfuncional. AMLO crece porque otros se encogen; AMLO avanza porque otros retroceden; AMLO gana porque otros son artífices de su propia perdición. Porque el PRI no se reforma sino se canibaliza. Porque el Congreso sabotea reformas en lugar de fomentar su aprobación. Porque el Poder Judicial no se moderniza sino se politiza. Porque el sector empresarial defiende posiciones privilegiadas a pesar del costo que entrañan para los consumidores y el país que habitan. Porque la partidocracia reinante debilita el funcionamiento de la democracia incipiente. Porque la impunidad persiste en las calles y en el Congreso, en Atenco y en Ciudad Juárez. El mejor antídoto a López Obrador hubiera sido una democracia funcional y una política económica que supiera qué hacer con los pobres.

Mientras tanto, la campaña de Andrés Manuel López Obrador parece no sólo cometer errores sino aferrarse a ellos. Profundizarlos. Repetirlos una y otra vez. Durante las últimas tres semanas el puntero se ha tropezado, no sólo con los obstáculos que le han puesto en el camino, sino con sus propios pies. AMLO y sus seguidores parecen no entender cómo funciona una campaña presidencial en tiempos democráticos. Insisten en ganar tan sólo con una estrategia de autoridad moral, pero olvidan la táctica del convencimiento electoral. Insisten en la existencia de un complot y no ven que quizás ellos lo han creado en casa.

El primer error se cometió con los “spots” de Elena Poniatowska. Ante la campaña negativa del PAN fue sorprendente la respuesta ingenua del PRD. Ante la eficacia deleznable de los panistas fue sorprendente la ineficacia pueril de los perredistas. El exhorto a las buenas maneras, a la integridad, a la civilidad. La actitud de quienes aspiran a ingresar al reino de los cielos pero no a ganar la presidencia de la República. “No calumnien” suplica una de las mejores almas de México a quienes ya la han vendido. No era el momento de apostarle a la credibilidad moral de una escritora, sino contraatacar con el mensaje puntual de una campaña política. De señalar el peligro verificable que han sido los malos gobiernos para el país, sexenio tras sexenio. De subrayar el peligro de la corrupción compartida y las transacciones cuestionables, los intereses coludidos y los rescates condenables. De evidenciar ese país donde es peligroso ser pobre.

Pero en lugar de ello, la campaña de Andrés Manuel López Obrador insistió en la pureza. Prefirió posicionarse por encima de la política en vez de participar – de frente y con eficacia – en ella. Prefirió envolverse en el manto impoluto de la indignación antes que trazar una nueva línea de acción. No fue capaz de reaccionar con rapidez y cambiar el rumbo cuando las nuevas circunstancias requerían hacerlo. Porque con la campaña negativa, el PAN había cambiado los términos de la elección. Porque a golpes de mentiras, el PAN había redibujado los parámetros de la discusión. Y el equipo de AMLO, en lugar de reaccionar optó por rezongar. Por llorar. Por ir al IFE a parar los “spots” del adversario en vez de elaborar los propios. Ahora comienza a hacerlo, pero ha perdido tres semanas cruciales. Tres semanas en las cuales Calderón se ha posicionado – con ayuda de López Obrador – como el ganador, el nuevo inevitable.

El segundo error fueron las listas de candidatos del PRD tanto al Senado como a la Cámara de Diputados. Porque esas listas son una contradicción fundamental con la estrategia de superioridad moral. No es políticamente viable posicionar a Andrés Manuel López Obrador como el hombre intachable y rodearlo de candidatos que no lo son. No es electoralmente inteligente erigir a AMLO como el mesías de las manos limpias y rodearlos de candidatos que las tienen sucias. Las listas transforman al proyecto alternativo de nación en un proyecto maloliente de ex-priístas. Reflejan el pragmatismo mal usado; el pragmatismo mal aplicado; el pragmatismo que se evita en otras áreas de la campaña – como el uso de la televisión – presente en el peor momento, en el peor lugar.

El tercer error fue la decisión de no asistir al debate. Tenía sentido tomarla cuando AMLO estaba arriba en las encuestas; ahora no. Tenía sentido cuando AMLO era puntero con diez puntos de ventaja; ahora no. El debate hubiera sido el mejor momento para despejar dudas, para ahuyentar miedos, para presentarse como un hombre capaz de cambiar al país sin destruirlo. El debate hubiera sido la mejor oportunidad para cuestionar el cambio cosmético que proponen Calderón y los suyos. Pero López Obrador se obcecó en el discurso del último mes; en la posición del último mes. “Amor y paz” cuando cualquier campaña política es una guerra. Insistiendo en que tiene el respaldo incondicional de la gente, cuando la gente quiere saber quién es en realidad.

El cuarto error fue no participar en el post-debate, en las mesas de discusión en todos los medios donde se interpreta lo que pasó en él. Como bien dicen todos los expertos en campañas electorales, el debate se gana en el post-debate; en la disputa que se da por declarar al vencedor. Y allí también, el equipo de López Obrador estuvo ausente. Manuel Camacho acudió a un programa de televisión y López Obrador le concedió una entrevista de radio a José Gutiérrez Vivó. Pero eso no fue suficiente para contrarrestar la percepción prevaleciente del triunfo de Felipe Calderón, del ascenso de Felipe Calderón, de la consolidación de Felipe Calderón. En vez de dar su propia versión del debate, AMLO permitió que otros la impusieran. En vez de subrayar los hoyos que había en la propuesta de Calderón, dejó que el equipo de Felipe los llenara. Al no pelear inmediatamente después del debate, López Obrador perdió de manera doble: por no asistir al encuentro y por no remodelar los juicios que emanaron de él.

Aunque AMLO se rehúse a reconocerlo, las campañas políticas se han norteamericanizado. Se han mediatizado. Se han vuelto cada vez más como las campañas en países donde los contrincantes compiten a través de la pantalla y se dan de puñetazos en ella. Ese es el juego que hoy todos jugamos y es cada vez más imperativo cambiarlo. Por la banalización, por la trivialización, por el espectáculo que la guerra de los “spots” produce. Por el costo para los contribuyentes y la ganancia para las televisoras. Es cierto, las campañas políticas se han convertido en ejercicios de degeneración progresiva. Pero hasta que las reglas del juego sean modificadas por una nueva ronda de reformas electorales -- que limiten el acceso de los partidos a la televisión -- AMLO deberá jugar con ellas. Usarlas mejor. Jugar soccer como lo están haciendo los demás, en vez de empeñarse en jugar beisbol.

Y comprender que la manera de ganar una elección es lanzarse contra el enemigo, distorsionar sus posiciones e imponer las propias. Comprender que la esencia de las campañas políticas modernas es, para bien y para mal, la “política de la personalidad”. La impresión que genera en el votante treinta segundos de un “spot”. La reacción que produce un candidato en la boca del estómago, en ese lugar donde se toman decisiones que no son del todo racionales. Y hoy, la reacción de muchos mexicanos ante AMLO – gracias a la campaña negativa del PAN – es de rechazo. De repudio. De temor frente a alguien que sus enemigos han logrado presentar como un peligro. El norte y centro-occidente del país pintados de azul, porque tres semanas de una campaña negativa lo han coloreado así. El voto de los independientes que antes estaba con Andrés ahora se ha refugiado con Felipe. Encuesta tras encuesta, con puntos de más o puntos de menos, revela una opinión pública sensible ante campañas políticas que la influyen.

Y ése ha sido el principal error de AMLO. No entenderlo así. Pensar que no es necesario convencer; que basta con existir. Pensar que no es necesario contender con los mejores instrumentos; que basta hacerlo con los mejores instintos. Decir que no va a “entrarle al juego de las campañas mediáticas” cuando esas campañas están acabando con su margen de ventaja. Decir que “la gente lo va a entender” cuando 40 por ciento del electorado cree que él es “un peligro”. Afirmar que “va a pintar su raya” cuando esa raya lo está colocando ante la posibilidad de perder la elección. Afirmar que no va a caer en una provocación, cuando lo que se requiere en realidad es una buena reacción. Un cambio de táctica. Un reconocimiento de que las campañas sirven para debilitar la posición de los adversarios y no sólo para vanagloriarse de la propia.

En una frase que se ha vuelto famosa, Bob Dole – quien fuera candidato presidencial estadounidense – declara: “Se me dijo que a la gente no le gustaban los ‘spots’ negativos. No los usé. Perdí”. Y ese es el problema que Andrés Manuel López Obrador enfrenta hoy. Durante el desafuero estuvo tanto tiempo a la defensiva que ahora no sabe cómo emprender la ofensiva. Durante tanto tiempo fue mártir que ahora le cuesta trabajo ser candidato. Durante tantos meses ha predicado la necesidad de una “campaña distinta” que ahora que no funciona, no sabe exactamente cómo arreglarla. Pero si quiere ganar tendrá que hacerlo. Evidenciando al enemigo y peleando de manera frontal contra él. Porque si no lo hace, el tropiezo de hoy será la caída de mañana.


Roberto Madrazo: Candidato Cuestionado

Roberto Madrazo es el candidato de los desilusionados con la democracia. De los que creen – como él lo argumenta – que “la pura alternancia no nos ha llevado a ningún lado”. De los que prefieren la corrupción compartida del PRI a la ineptitud institucionalizada del PAN. Madrazo le apuesta a la añoranza por los que sí sabían cómo hacerlo, por el viejo sistema de reglas claras y complicidades predecibles. Es el que promete el regreso a los viejos modos, a las viejas maneras, a la forma de vida que fue y que a tantos benefició. Madrazo ofrece la restauración y hay millones de priístas hambrientos que la necesitan. Aunque el tabasqueño huela a viejo, huele a conocido.

La candidatura de Madrazo es síntoma de un problema más profundo. El PRI no cambia porque el país mismo no se lo exige. El PRI no evoluciona porque nadie le pide que lo haga. El PRI no limpia su propia casa porque la del vecino está igual de sucia. El pragmatismo inescrupuloso de los priístas refleja el de muchos mexicanos. El PRI sigue allí porque el país que gobernó durante tanto tiempo sigue allí. El pequeño priísta que muchos mexicanos cargan dentro todavía vive.

Miles siguen votando por el PRI porque perciben a la política como un intercambio de favores, como una circulación de prebendas, como una protección continua de intereses compartidos. El mejor político no es el que defiende la ley, sino el que la dobla y desparrama los beneficios que conlleva hacerlo.

Y el PRI de Madrazo es el peor PRI. Los métodos de Madrazo son los peores métodos. El PRI que ha resucitado no es el partido modernizador y tecnoburocrático de los 80s y 90s. No es el partido que propuso reformas necesarias y reconoció realidades innegables. El PRI de Madrazo es un conjunto de caudillos rapaces que conciben al país como su coto, y lo gobernarán como tal. Es un manojo de mafias que buscan actuar libremente, y desmantelarán las pocas instituciones autónomas para lograrlo.

Ante las posiciones de política pública claramente definidas, contrasta la ambigüedad del PRI; resalta la ambivalencia de Roberto Madrazo. Tanto el partido como su candidato se retuercen, se escurren, no quieren comprometerse y rehuyen hacerlo. Cuando se les pregunta sobre las reformas estructurales, apoyan “cualquiera que eleve el nivel de vida de la población”. Cuando se les cuestiona sobre el sector energético, contestan que será necesario modernizarlo, pero no dicen cómo.

El PRI lleva mucho tiempo golpeándose y poco tiempo definiéndose. Lleva meses buscando imponer consensos hacia adentro en vez de construirlos hacia afuera. Todavía está decidiendo qué tipo de partido quiere ser, qué quiere proponer, por qué está dispuesto a pelear. Y es poco probable que lo logre. Como el PRI no fue fundado para luchar por el poder ahora sólo sabe hacerlo a golpes. Como no fue creado para proponer ideas ahora las rehuye. Como lo único que tiene en su favor es una maquinaria electoral heterogénea, no quiere alienar a alguna de sus tuercas. Por eso a veces es neopopulista y a veces es neoliberal; a veces aplaude las reformas estructurales y a veces las condena. La definición entrañaría la exclusión y el PRI no quiere perder a más de sus miembros. Para el PRI no importa con qué ideas se llega al poder; basta con arribar unido. Y apropiarse de él para que no los vuelvan a sacar nunca.


El Meollo del Asunto

Allí estamos hoy. El triunfo de Vicente Fox y los casi seis años de su presidencia son – ahora lo sabemos – sólo una batalla más. No basta con transferir el poder a otro partido si no se fomenta su institucionalización. No basta con la voluntad de los buenos ni la derrota de los malos en julio del 2000. No basta con imaginar la democracia y anunciar su arribo. A México le falta aprender a pelear, de manera cotidiana, por ella.

Y entender que los fracasos del foxismo son producto de fuerzas más complejas que una simple falta de liderazgo. México es un sistema presidencialista que opera con una lógica parlamentaria, donde los poderes del presidente están acotados por un gobierno dividido. Ese seguirá siendo el caso, gane quien gane en el 2006. Quien sea electo entonces se enfrentará a la misma parálisis legislativa y se estrellará contra el muro de la recalcitrancia en el Congreso. Porque hoy por hoy, los partidos de oposición no tienen ningún incentivo para colaborar con el Ejecutivo en turno. Tienen todos los incentivos para sabotearlo, ya que paralizar al presidente se vuelve la ruta de “fast track” a Los Pinos. Ese andamiaje institucional requerirá una cirugía mayor para permitir la construcción de mayorías legislativas estables.

Pero más allá del rediseño institucional, hará falta cambiar la forma en la cual se hace política en el país. Porque en México, muchos viven con la mano extendida. Con la palma abierta. Esperando la próxima dádiva del próximo político. Esperando la próxima entrega de lo que Octavio Paz llamó “el ogro filantrópico”. El cheque o el contrato o la camiseta o el vale o la torta o la licuadora o la pensión o el puesto o la recomendación. La generosidad del Estado, que con el paso del tiempo, produce personas acostumbradas a recibir en vez de participar. Personas acostumbradas a esperar en vez de exigir. Personas que son vasos y tazas. Ciudadanos vasija. Ciudadanos olla. Recipientes en lugar de participantes. Resignados ante lo poco que se vacía dentro de ellos.

Porque el país no crece. Porque la economía no avanza. Porque el tiempo transcurre. Porque los pobres no dejan de serlo. Día con día, la desigualdad aumenta mientras la movilidad disminuye. En México es cada vez más difícil saltar de una clase a otra. En México, la brecha entre los de abajo y los de arriba es cada vez más grande, cada vez más infranqueable. Como lo revela un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo, el hijo de un obrero sólo tiene el 10 por ciento de probabilidades de convertirse en profesionista. Nacer en la pobreza significa – en la mayor parte de los casos – morir en ella.

Desde hace cientos de años, México le apuesta a los recursos naturales y a la población mal pagada que los procesa. Le apuesta a la extracción de materias primas y a la mano de obra barata que se aboca a ello. Se convierte en un lugar de pocos dueños y muchos trabajadores; de hombres ricos y empleados pobres. Crea virreinatos y haciendas y latifundios y monopolios. Concentra la riqueza en pocas manos y erige gobiernos que lo permiten. Gobiernos liberales o conservadores, priístas o panistas, compartiendo el mismo fin: un sistema que protege al capital por encima del trabajo; que mantiene baja la recaudación y no tiene recursos suficientes para invertir en la educación.

Y donde no hay impuestos recaudados, no hay gobiernos eficaces. No hay un Estado que invierta en su población. No hay partidos que se centren en el capital humano y cómo formarlo. No hay líderes que piensen en la educación como primera prioridad. En cambio, sí hay mucha obra pública. Muchos caminos y puentes y segundos pisos. Muchas maneras de obtener apoyos cortoplacistas y los votos que acarrean. Muchas formas de manipular al electorado en vez de representarlo. Muchas maneras de comprar el voto en vez de ganarlo. Muchas costumbres vivas en el PAN, en el PRI, en el PRD. Formas de ejercer el poder que mantienen a México agarrado de la nuca.

Creando un sistema de clientelas en todos los ámbitos. Un sistema de élites acaudaladas, amuralladas, asustadas ante los pobres a quienes no han querido – en realidad – educar. Porque no quieren franquear la brecha que tanto los beneficia. Porque no tienen los incentivos para hacerlo. Allí están los choferes y los obreros y los maestros y las empleadas domésticas y los jardineros mal pagados. Los que asisten a la escuela por turnos y dejan de hacerlo porque no parece importante. Sin primaria terminada, sin preparatoria acabada, sin una carrera profesional para hacerlos productivos, competitivos, ciudadanos empoderados de México y del mundo.

Los muros – educativos, culturales, sociales, empresariales – construidos contra los de afuera, obstaculizando la movilidad. Evitando el ascenso. Impidiendo el ingreso. De los pobres. De los provincianos. De los empresarios innovadores. De la competencia. De los que no tienen acceso al crédito. De los que aprovecharían las oportunidades reales si existieran. Y que cruzan la frontera en busca de ellas. Millones de mexicanos con múltiples trabajos, supervivientes ansiosos de un sistema que no funciona para ellos. Un sistema que opera a través de la exclusión, que se nutre de la marginación.

Frenando la competitividad del país ante un mundo globalizado. Obstaculizando el crecimiento de una economía que cayó de décimo a doceavo lugar. Llevando la frustración a las calles. Reforzando la desesperanza de los desposeídos. Arando el terreno para cualquiera que siembre promesas, que ofrezca recetas rápidas, que provea 50 puntos con los cuales salvar al país. Alimentando el éxodo y la exportación de talento que entraña. Convirtiendo a México en un país donde 1 de cada 5 hombres entre 26 y 35 años vive en Estados Unidos. Allá donde puede obtener un empleo y educar a sus hijos y dormir tranquilo y despertar con dignidad.

México tiene estabilidad, es cierto. México no ha padecido otra crisis económica, es cierto. México tiene el Programa Oportunidades, es cierto. Pero eso no es suficiente para consolidar una clase media. Para garantizar la movilidad social. Para construir trampolines que permitan saltar de la tortillería al diseño de “software”. Para darle ocho años más de educación al 20 por ciento de la población más pobre.

Algo está mal. Algo no funciona. Y va más allá del liderazgo y del partido y de la elección del 2006. Trasciende a Andrés Manuel López Obrador y a Roberto Madrazo y a Felipe Calderón. Tiene que ver con una cuestión profunda, histórica, estructural. La apuesta que el país le hace a sus recursos por encima de su población. La extracción del petróleo sobre la inversión en la gente. La concentración de la riqueza que ese modelo genera. Las disparidades que acentúa. La población pobre y poco educada que produce. El comportamiento clientelar que induce. La ciudadanía poco participativa que engendra. Los recipientes apáticos que hornea, generación tras generación.

Y el círculo vicioso que institucionaliza. Ese patrón de comportamiento transexenal que condena a México al estancamiento, independientemente de quien llegue a Los Pinos y gobierne desde allí. Ese patrón de reformas parciales o postergadas. De privatizaciones amañadas o mal ejecutadas.

Hoy por hoy, las reformas estructurales tienen mal nombre, mala reputación. La población las mira con escepticismo y tiene razón. Fueron instrumentadas con buenas intenciones pero con malos resultados. Fueron llevadas a cabo supuestamente para modernizar pero sólo lo hicieron a medias. Privatizaciones mal concebidas que convirtieron monopolios públicos en monopolios privados. Privatizaciones mal reguladas que produjeron banqueros ricos y bancos desfalcados. Privatizaciones mal diseñadas que pusieron televisoras en manos de pillos y quienes los ayudaron a comprarlas. Privatizaciones rapaces que generaron dinero para el erario pero no crearon beneficios para los consumidores. Privatizaciones en las cuales el gobierno – en realidad – nunca quiso cambiar a fondo las reglas del juego.

Ese juego tradicional del “crony capitalism”, del capitalismo de cuates. Ese capitalismo de compinches que crea riqueza pero no la comparte. Ese andamiaje de privilegios que aprisiona a la economía y la vuelve ineficiente. Que inhibe el desarrollo de México en un mundo cada vez más plano. Que opera a base de favores y concesiones y colusiones que el gobierno otorga y la clase empresarial exige para invertir. Que concentra el poder económico y político en una red compacta que constriñe la competencia y ordeña a los consumidores. Que distorsiona la operación de los mercados y debilita la confianza en ellos. Que opera sin la regulación necesaria y muchas veces inexistente. Que tanto daño le ha hecho al país y a sus habitantes.

Mientras tanto, México se ha convertido en el país de todo lo que no se hace porque el petróleo vale 60 dólares el barril. Ese subsidio que permite perder el tiempo; evitar las reformas indispensables; producir daño de largo plazo. Darle cosas a la población en vez de educarla. Porque como escribe Michael Ignatieff, los recursos naturales como el petróleo son un obstáculo para la democracia para cualquier país en desarrollo. Cuando un gobierno consigue lo que necesita vendiendo petróleo, no tiene que recaudar impuestos. Y un gobierno que no recauda impuestos pierde incentivos para responderle a su población. Convierte a sus ciudadanos en recipientes en vez de participantes. Esos que viven con la mano extendida en vez de la frente en alto.

Para romper ese ciclo histórico que mantiene a México maniatado harán falta reformas. Reformas que empoderen ciudadanos, que creen procesos eficaces de toma de decisiones en un gobierno dividido, que desmantelen los cuellos de botella en la economía que inhiben la competitividad, la innovación y el crecimiento. Si esas reformas no ocurren, México estará condenado a cojear de lado en vez de caminar de frente. Estará cada vez más marginado de los mercados globales por países como India y China. Y seguirá siendo un país gobernado por presidentes – malos o peores – que le dan cosas a la gente en vez de empoderarla. Si esas reformas no son instrumentadas por quien gane en el 2006, México estará condenado a vitorear a su siguiente presidente, y cinco años después, terminar desilusionado con él.

Denise Dresser es periodista y politóloga, editorialista en la revista Proceso y columnista del periódico Reforma.

Intervención de la autora en la Conversación entre Mujeres organizada por Semillas el 15 de mayo de 2006.

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