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Colaboración
del mes: “México
2006: La Disputa por la Nación” por
Denise Dresser |
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Estas son tareas titánicas para
alguien cuyos hombros parecen pequeños.
Cuya historia no revela el arrojo que requerirán.
Cuyo paso por el poder no demuestra una vocación
para usarlo con ganas. Pero si Calderón
quiere ganar y gobernar tendrá que asumirlas
y aclarar cómo las enfrentará,
más allá de posicionarse en este
momento como el nuevo inevitable, después
de una campaña negativa muy eficaz.
Andrés Manuel López
Obrador: Candidato Aguerrido
¿Qué retos enfrenta en su camino
a la presidencia? Antes se le comparaba con
Lula y ahora se le compara con Chávez.
Antes se aplaudía su moderación
y ahora se condena su estridencia. Antes parecía
el líder inevitable de una izquierda
moderna y ahora parece el dirigente polarizador
de una izquierda recalcitrante. Para muchos
miembros de la clase media, el Peje ya no es
un político al cual hay que impulsar,
sino un hombre peligroso al que es necesario
frenar.
Aunque lo quiera o no, la percepción
pública de Andrés Manuel López
Obrador está vinculada a la figura controvertida
de Hugo Chávez. A la reputación
de Hugo Chávez. A la sombra de Hugo
Chávez. A los temores que incita y los
miedos que provoca. A la polarización
que ha producido en el país que gobierna.
Las comparaciones son inevitables por el lenguaje
compartido, por la conducta confrontacional,
por el cuestionamiento incesante del status
quo que los dos deploran. Ambos hablan de la
purificación de la vida nacional y cómo
lograrla. Ambos hablan de las instituciones
corruptas y cómo combatirlas. Ambos
hablan de “el pueblo” y cómo
rescatarlo. Ambos descalifican, ambos acusan,
ambos confrontan. Ambos miran al Establishment
político y desprecian lo que ven allí.
Congresistas corruptos y políticos rapaces;
empresarios que ordeñan al país
y quieren seguir haciéndolo; élites
que protegen sus intereses y ciudadanos que
pagan el precio.
El diagnóstico que López Obrador
hace de la vida nacional es acertado. México
se ha convertido en un país de pobres
marginados y ricos amurallados; de bodas fastuosas
en Valle de Bravo y marchas multitudinarias
en el Zócalo; de rescates bancarios
y mexicanos sin salvación. AMLO revela
una verdad ampliamente reconocida pero poco
discutida: México no es un país
de ciudadanos sino de intereses. Y de allí su
popularidad. De allí la percepción
de su honestidad. Saca a la luz el espejo enterrado
y confronta al país con su propio reflejo.
Con el perfil de la desigualdad. Con los rasgos
de la inequidad. Con la imagen de un país
partido en dos, donde pocos ganan y muchos
pierden.
López Obrador sabe que la esperanza
de cambio sigue allí. Que la insatisfacción
con el status quo persiste. Que muchos de aquellos
que votaron por Vicente Fox quieren que pase
algo más que la parálisis de
este sexenio. Y por ello no se centra en pequeños
temas de política pública sino
en grandes temas de justicia social. De pobreza
y dignidad. De corrupción y complicidad.
De privilegios y rapacidad. De los nudos históricos
que han atado al sistema político mexicano
y hoy lo estrangulan.
Sin embargo, la solución que AMLO – hoy – ofrece
para los males del país dista de serlo.
Ofrece planes que huelen a viejo; presenta
ideas que son insuficientes; propone alternativas
que en realidad no lo son. Sabe lo que no funciona
pero no sabe cómo arreglarlo. Y el problema
es que cree que lo sabe. Cree que los buenos
deseos de “Un Proyecto Alternativo de
Nación” bastan para gobernar,
para transformar, para refundar. No escucha
a quienes quisieran decirle que no es así.
Lo más preocupante de López Obrador
no es su retórica sino su reticencia.
Lo más alarmante de López Obrador
no es su “populismo” sino su tozudez.
Su ignorancia sobre su propia ignorancia. La
obcecación que ha demostrado durante
las últimas tres semanas ante los errores
de su campaña presidencial.
Y las dudas
que despierta por la forma en la cual coloca
la voluntad popular por encima de la representación institucional.
La democracia construida sobre derechos colectivos
en vez de libertades individuales. El referéndum
constante como legitimador a modo. El papel
tutelar del Estado vis à vis la sociedad.
La política concebida como la entrega
de bienes en lugar de la protección
de garantías. El pueblo por encima del
individuo. El discurso paternalista en lugar
del discurso innovador. La impaciencia con
los checks and balances. El petróleo
como panacea. La percepción de la política
como la continuación de la guerra por
otros medios. La visión del desarrollo
basada en la promoción de obras públicas.
Segundos pisos por todo el país.
Ahora
bien, López Obrador es producto
de sus enemigos. Es un político providencial
creado por un sistema disfuncional. AMLO crece
porque otros se encogen; AMLO avanza porque
otros retroceden; AMLO gana porque otros son
artífices de su propia perdición.
Porque el PRI no se reforma sino se canibaliza.
Porque el Congreso sabotea reformas en lugar
de fomentar su aprobación. Porque el
Poder Judicial no se moderniza sino se politiza.
Porque el sector empresarial defiende posiciones
privilegiadas a pesar del costo que entrañan
para los consumidores y el país que
habitan. Porque la partidocracia reinante debilita
el funcionamiento de la democracia incipiente.
Porque la impunidad persiste en las calles
y en el Congreso, en Atenco y en Ciudad Juárez.
El mejor antídoto a López Obrador
hubiera sido una democracia funcional y una
política económica que supiera
qué hacer con los pobres.
Mientras tanto,
la campaña de Andrés
Manuel López Obrador parece no sólo
cometer errores sino aferrarse a ellos. Profundizarlos.
Repetirlos una y otra vez. Durante las últimas
tres semanas el puntero se ha tropezado, no
sólo con los obstáculos que le
han puesto en el camino, sino con sus propios
pies. AMLO y sus seguidores parecen no entender
cómo funciona una campaña presidencial
en tiempos democráticos. Insisten en
ganar tan sólo con una estrategia de
autoridad moral, pero olvidan la táctica
del convencimiento electoral. Insisten en la
existencia de un complot y no ven que quizás
ellos lo han creado en casa.
El primer error
se cometió con los “spots” de
Elena Poniatowska. Ante la campaña negativa
del PAN fue sorprendente la respuesta ingenua
del PRD. Ante la eficacia deleznable de los
panistas fue sorprendente la ineficacia pueril
de los perredistas. El exhorto a las buenas
maneras, a la integridad, a la civilidad. La
actitud de quienes aspiran a ingresar al reino
de los cielos pero no a ganar la presidencia
de la República. “No calumnien” suplica
una de las mejores almas de México a
quienes ya la han vendido. No era el momento
de apostarle a la credibilidad moral de una
escritora, sino contraatacar con el mensaje
puntual de una campaña política.
De señalar el peligro verificable que
han sido los malos gobiernos para el país,
sexenio tras sexenio. De subrayar el peligro
de la corrupción compartida y las transacciones
cuestionables, los intereses coludidos y los
rescates condenables. De evidenciar ese país
donde es peligroso ser pobre.
Pero en lugar
de ello, la campaña de
Andrés Manuel López Obrador insistió en
la pureza. Prefirió posicionarse por
encima de la política en vez de participar – de
frente y con eficacia – en ella. Prefirió envolverse
en el manto impoluto de la indignación
antes que trazar una nueva línea de
acción. No fue capaz de reaccionar con
rapidez y cambiar el rumbo cuando las nuevas
circunstancias requerían hacerlo. Porque
con la campaña negativa, el PAN había
cambiado los términos de la elección.
Porque a golpes de mentiras, el PAN había
redibujado los parámetros de la discusión.
Y el equipo de AMLO, en lugar de reaccionar
optó por rezongar. Por llorar. Por ir
al IFE a parar los “spots” del
adversario en vez de elaborar los propios.
Ahora comienza a hacerlo, pero ha perdido tres
semanas cruciales. Tres semanas en las cuales
Calderón se ha posicionado – con
ayuda de López Obrador – como
el ganador, el nuevo inevitable.
El segundo
error fueron las listas de candidatos del PRD
tanto al Senado como a la Cámara
de Diputados. Porque esas listas son una contradicción
fundamental con la estrategia de superioridad
moral. No es políticamente viable posicionar
a Andrés Manuel López Obrador
como el hombre intachable y rodearlo de candidatos
que no lo son. No es electoralmente inteligente
erigir a AMLO como el mesías de las
manos limpias y rodearlos de candidatos que
las tienen sucias. Las listas transforman al
proyecto alternativo de nación en un
proyecto maloliente de ex-priístas.
Reflejan el pragmatismo mal usado; el pragmatismo
mal aplicado; el pragmatismo que se evita en
otras áreas de la campaña – como
el uso de la televisión – presente
en el peor momento, en el peor lugar.
El tercer
error fue la decisión de
no asistir al debate. Tenía sentido
tomarla cuando AMLO estaba arriba en las encuestas;
ahora no. Tenía sentido cuando AMLO
era puntero con diez puntos de ventaja; ahora
no. El debate hubiera sido el mejor momento
para despejar dudas, para ahuyentar miedos,
para presentarse como un hombre capaz de cambiar
al país sin destruirlo. El debate hubiera
sido la mejor oportunidad para cuestionar el
cambio cosmético que proponen Calderón
y los suyos. Pero López Obrador se obcecó en
el discurso del último mes; en la posición
del último mes. “Amor y paz” cuando
cualquier campaña política es
una guerra. Insistiendo en que tiene el respaldo
incondicional de la gente, cuando la gente
quiere saber quién es en realidad.
El
cuarto error fue no participar en el post-debate,
en las mesas de discusión en todos los
medios donde se interpreta lo que pasó en él.
Como bien dicen todos los expertos en campañas
electorales, el debate se gana en el post-debate;
en la disputa que se da por declarar al vencedor.
Y allí también, el equipo de
López Obrador estuvo ausente. Manuel
Camacho acudió a un programa de televisión
y López Obrador le concedió una
entrevista de radio a José Gutiérrez
Vivó. Pero eso no fue suficiente para
contrarrestar la percepción prevaleciente
del triunfo de Felipe Calderón, del
ascenso de Felipe Calderón, de la consolidación
de Felipe Calderón. En vez de dar su
propia versión del debate, AMLO permitió que
otros la impusieran. En vez de subrayar los
hoyos que había en la propuesta de Calderón,
dejó que el equipo de Felipe los llenara.
Al no pelear inmediatamente después
del debate, López Obrador perdió de
manera doble: por no asistir al encuentro y
por no remodelar los juicios que emanaron de él.
Aunque
AMLO se rehúse a reconocerlo,
las campañas políticas se han
norteamericanizado. Se han mediatizado. Se
han vuelto cada vez más como las campañas
en países donde los contrincantes compiten
a través de la pantalla y se dan de
puñetazos en ella. Ese es el juego que
hoy todos jugamos y es cada vez más
imperativo cambiarlo. Por la banalización,
por la trivialización, por el espectáculo
que la guerra de los “spots” produce.
Por el costo para los contribuyentes y la ganancia
para las televisoras. Es cierto, las campañas
políticas se han convertido en ejercicios
de degeneración progresiva. Pero hasta
que las reglas del juego sean modificadas por
una nueva ronda de reformas electorales --
que limiten el acceso de los partidos a la
televisión -- AMLO deberá jugar
con ellas. Usarlas mejor. Jugar soccer como
lo están haciendo los demás,
en vez de empeñarse en jugar beisbol.
Y
comprender que la manera de ganar una elección
es lanzarse contra el enemigo, distorsionar
sus posiciones e imponer las propias. Comprender
que la esencia de las campañas políticas
modernas es, para bien y para mal, la “política
de la personalidad”. La impresión
que genera en el votante treinta segundos de
un “spot”. La reacción que
produce un candidato en la boca del estómago,
en ese lugar donde se toman decisiones que
no son del todo racionales. Y hoy, la reacción
de muchos mexicanos ante AMLO – gracias
a la campaña negativa del PAN – es
de rechazo. De repudio. De temor frente a alguien
que sus enemigos han logrado presentar como
un peligro. El norte y centro-occidente del
país pintados de azul, porque tres semanas
de una campaña negativa lo han coloreado
así. El voto de los independientes que
antes estaba con Andrés ahora se ha
refugiado con Felipe. Encuesta tras encuesta,
con puntos de más o puntos de menos,
revela una opinión pública sensible
ante campañas políticas que la
influyen.
Y ése ha sido el principal error de
AMLO. No entenderlo así. Pensar que
no es necesario convencer; que basta con existir.
Pensar que no es necesario contender con los
mejores instrumentos; que basta hacerlo con
los mejores instintos. Decir que no va a “entrarle
al juego de las campañas mediáticas” cuando
esas campañas están acabando
con su margen de ventaja. Decir que “la
gente lo va a entender” cuando 40 por
ciento del electorado cree que él es “un
peligro”. Afirmar que “va a pintar
su raya” cuando esa raya lo está colocando
ante la posibilidad de perder la elección.
Afirmar que no va a caer en una provocación,
cuando lo que se requiere en realidad es una
buena reacción. Un cambio de táctica.
Un reconocimiento de que las campañas
sirven para debilitar la posición de
los adversarios y no sólo para vanagloriarse
de la propia.
En una frase que se ha vuelto
famosa, Bob Dole – quien fuera candidato presidencial
estadounidense – declara: “Se me
dijo que a la gente no le gustaban los ‘spots’ negativos.
No los usé. Perdí”. Y ese
es el problema que Andrés Manuel López
Obrador enfrenta hoy. Durante el desafuero
estuvo tanto tiempo a la defensiva que ahora
no sabe cómo emprender la ofensiva.
Durante tanto tiempo fue mártir que
ahora le cuesta trabajo ser candidato. Durante
tantos meses ha predicado la necesidad de una “campaña
distinta” que ahora que no funciona,
no sabe exactamente cómo arreglarla.
Pero si quiere ganar tendrá que hacerlo.
Evidenciando al enemigo y peleando de manera
frontal contra él. Porque si no lo hace,
el tropiezo de hoy será la caída
de mañana.
Roberto Madrazo: Candidato Cuestionado
Roberto
Madrazo es el candidato de los desilusionados
con la democracia. De los que creen – como él
lo argumenta – que “la pura alternancia
no nos ha llevado a ningún lado”.
De los que prefieren la corrupción compartida
del PRI a la ineptitud institucionalizada del
PAN. Madrazo le apuesta a la añoranza
por los que sí sabían cómo
hacerlo, por el viejo sistema de reglas claras
y complicidades predecibles. Es el que promete
el regreso a los viejos modos, a las viejas
maneras, a la forma de vida que fue y que a
tantos benefició. Madrazo ofrece la
restauración y hay millones de priístas
hambrientos que la necesitan. Aunque el tabasqueño
huela a viejo, huele a conocido.
La candidatura
de Madrazo es síntoma
de un problema más profundo. El PRI
no cambia porque el país mismo no se
lo exige. El PRI no evoluciona porque nadie
le pide que lo haga. El PRI no limpia su propia
casa porque la del vecino está igual
de sucia. El pragmatismo inescrupuloso de los
priístas refleja el de muchos mexicanos.
El PRI sigue allí porque el país
que gobernó durante tanto tiempo sigue
allí. El pequeño priísta
que muchos mexicanos cargan dentro todavía
vive.
Miles siguen votando por el PRI porque perciben
a la política como un intercambio de
favores, como una circulación de prebendas,
como una protección continua de intereses
compartidos. El mejor político no es
el que defiende la ley, sino el que la dobla
y desparrama los beneficios que conlleva hacerlo.
Y
el PRI de Madrazo es el peor PRI. Los métodos
de Madrazo son los peores métodos. El
PRI que ha resucitado no es el partido modernizador
y tecnoburocrático de los 80s y 90s.
No es el partido que propuso reformas necesarias
y reconoció realidades innegables. El
PRI de Madrazo es un conjunto de caudillos
rapaces que conciben al país como su
coto, y lo gobernarán como tal. Es un
manojo de mafias que buscan actuar libremente,
y desmantelarán las pocas instituciones
autónomas para lograrlo.
Ante las posiciones
de política pública
claramente definidas, contrasta la ambigüedad
del PRI; resalta la ambivalencia de Roberto
Madrazo. Tanto el partido como su candidato
se retuercen, se escurren, no quieren comprometerse
y rehuyen hacerlo. Cuando se les pregunta sobre
las reformas estructurales, apoyan “cualquiera
que eleve el nivel de vida de la población”.
Cuando se les cuestiona sobre el sector energético,
contestan que será necesario modernizarlo,
pero no dicen cómo.
El PRI lleva mucho
tiempo golpeándose
y poco tiempo definiéndose. Lleva meses
buscando imponer consensos hacia adentro en
vez de construirlos hacia afuera. Todavía
está decidiendo qué tipo de partido
quiere ser, qué quiere proponer, por
qué está dispuesto a pelear.
Y es poco probable que lo logre. Como el PRI
no fue fundado para luchar por el poder ahora
sólo sabe hacerlo a golpes. Como no
fue creado para proponer ideas ahora las rehuye.
Como lo único que tiene en su favor
es una maquinaria electoral heterogénea,
no quiere alienar a alguna de sus tuercas.
Por eso a veces es neopopulista y a veces es
neoliberal; a veces aplaude las reformas estructurales
y a veces las condena. La definición
entrañaría la exclusión
y el PRI no quiere perder a más de sus
miembros. Para el PRI no importa con qué ideas
se llega al poder; basta con arribar unido.
Y apropiarse de él para que no los vuelvan
a sacar nunca.
El Meollo del Asunto
Allí estamos hoy. El triunfo de Vicente
Fox y los casi seis años de su presidencia
son – ahora lo sabemos – sólo
una batalla más. No basta con transferir
el poder a otro partido si no se fomenta su
institucionalización. No basta con la
voluntad de los buenos ni la derrota de los
malos en julio del 2000. No basta con imaginar
la democracia y anunciar su arribo. A México
le falta aprender a pelear, de manera cotidiana,
por ella.
Y entender que los fracasos del foxismo
son producto de fuerzas más complejas
que una simple falta de liderazgo. México
es un sistema presidencialista que opera con
una lógica parlamentaria, donde los
poderes del presidente están acotados
por un gobierno dividido. Ese seguirá siendo
el caso, gane quien gane en el 2006. Quien
sea electo entonces se enfrentará a
la misma parálisis legislativa y se
estrellará contra el muro de la recalcitrancia
en el Congreso. Porque hoy por hoy, los partidos
de oposición no tienen ningún
incentivo para colaborar con el Ejecutivo en
turno. Tienen todos los incentivos para sabotearlo,
ya que paralizar al presidente se vuelve la
ruta de “fast track” a Los Pinos.
Ese andamiaje institucional requerirá una
cirugía mayor para permitir la construcción
de mayorías legislativas estables.
Pero
más allá del rediseño
institucional, hará falta cambiar la
forma en la cual se hace política en
el país. Porque en México, muchos
viven con la mano extendida. Con la palma abierta.
Esperando la próxima dádiva del
próximo político. Esperando la
próxima entrega de lo que Octavio Paz
llamó “el ogro filantrópico”.
El cheque o el contrato o la camiseta o el
vale o la torta o la licuadora o la pensión
o el puesto o la recomendación. La generosidad
del Estado, que con el paso del tiempo, produce
personas acostumbradas a recibir en vez de
participar. Personas acostumbradas a esperar
en vez de exigir. Personas que son vasos y
tazas. Ciudadanos vasija. Ciudadanos olla.
Recipientes en lugar de participantes. Resignados
ante lo poco que se vacía dentro de
ellos.
Porque el país no crece. Porque la
economía no avanza. Porque el tiempo
transcurre. Porque los pobres no dejan de serlo.
Día con día, la desigualdad aumenta
mientras la movilidad disminuye. En México
es cada vez más difícil saltar
de una clase a otra. En México, la brecha
entre los de abajo y los de arriba es cada
vez más grande, cada vez más
infranqueable. Como lo revela un estudio reciente
del Banco Interamericano de Desarrollo, el
hijo de un obrero sólo tiene el 10 por
ciento de probabilidades de convertirse en
profesionista. Nacer en la pobreza significa – en
la mayor parte de los casos – morir en
ella.
Desde hace cientos de años, México
le apuesta a los recursos naturales y a la
población mal pagada que los procesa.
Le apuesta a la extracción de materias
primas y a la mano de obra barata que se aboca
a ello. Se convierte en un lugar de pocos dueños
y muchos trabajadores; de hombres ricos y empleados
pobres. Crea virreinatos y haciendas y latifundios
y monopolios. Concentra la riqueza en pocas
manos y erige gobiernos que lo permiten. Gobiernos
liberales o conservadores, priístas
o panistas, compartiendo el mismo fin: un sistema
que protege al capital por encima del trabajo;
que mantiene baja la recaudación y no
tiene recursos suficientes para invertir en
la educación.
Y donde no hay impuestos
recaudados, no hay gobiernos eficaces. No hay
un Estado que invierta en su población. No hay partidos que
se centren en el capital humano y cómo
formarlo. No hay líderes que piensen
en la educación como primera prioridad.
En cambio, sí hay mucha obra pública.
Muchos caminos y puentes y segundos pisos.
Muchas maneras de obtener apoyos cortoplacistas
y los votos que acarrean. Muchas formas de
manipular al electorado en vez de representarlo.
Muchas maneras de comprar el voto en vez de
ganarlo. Muchas costumbres vivas en el PAN,
en el PRI, en el PRD. Formas de ejercer el
poder que mantienen a México agarrado
de la nuca.
Creando un sistema de clientelas en
todos los ámbitos. Un sistema de élites
acaudaladas, amuralladas, asustadas ante los
pobres a quienes no han querido – en
realidad – educar. Porque no quieren
franquear la brecha que tanto los beneficia.
Porque no tienen los incentivos para hacerlo.
Allí están los choferes y los
obreros y los maestros y las empleadas domésticas
y los jardineros mal pagados. Los que asisten
a la escuela por turnos y dejan de hacerlo
porque no parece importante. Sin primaria terminada,
sin preparatoria acabada, sin una carrera profesional
para hacerlos productivos, competitivos, ciudadanos
empoderados de México y del mundo.
Los
muros – educativos, culturales,
sociales, empresariales – construidos
contra los de afuera, obstaculizando la movilidad.
Evitando el ascenso. Impidiendo el ingreso.
De los pobres. De los provincianos. De los
empresarios innovadores. De la competencia.
De los que no tienen acceso al crédito.
De los que aprovecharían las oportunidades
reales si existieran. Y que cruzan la frontera
en busca de ellas. Millones de mexicanos con
múltiples trabajos, supervivientes ansiosos
de un sistema que no funciona para ellos. Un
sistema que opera a través de la exclusión,
que se nutre de la marginación.
Frenando
la competitividad del país
ante un mundo globalizado. Obstaculizando el
crecimiento de una economía que cayó de
décimo a doceavo lugar. Llevando la
frustración a las calles. Reforzando
la desesperanza de los desposeídos.
Arando el terreno para cualquiera que siembre
promesas, que ofrezca recetas rápidas,
que provea 50 puntos con los cuales salvar
al país. Alimentando el éxodo
y la exportación de talento que entraña.
Convirtiendo a México en un país
donde 1 de cada 5 hombres entre 26 y 35 años
vive en Estados Unidos. Allá donde puede
obtener un empleo y educar a sus hijos y dormir
tranquilo y despertar con dignidad.
México tiene estabilidad, es cierto.
México no ha padecido otra crisis económica,
es cierto. México tiene el Programa
Oportunidades, es cierto. Pero eso no es suficiente
para consolidar una clase media. Para garantizar
la movilidad social. Para construir trampolines
que permitan saltar de la tortillería
al diseño de “software”.
Para darle ocho años más de educación
al 20 por ciento de la población más
pobre.
Algo está mal. Algo no funciona. Y
va más allá del liderazgo y del
partido y de la elección del 2006. Trasciende
a Andrés Manuel López Obrador
y a Roberto Madrazo y a Felipe Calderón.
Tiene que ver con una cuestión profunda,
histórica, estructural. La apuesta que
el país le hace a sus recursos por encima
de su población. La extracción
del petróleo sobre la inversión
en la gente. La concentración de la
riqueza que ese modelo genera. Las disparidades
que acentúa. La población pobre
y poco educada que produce. El comportamiento
clientelar que induce. La ciudadanía
poco participativa que engendra. Los recipientes
apáticos que hornea, generación
tras generación.
Y el círculo vicioso que institucionaliza.
Ese patrón de comportamiento transexenal
que condena a México al estancamiento,
independientemente de quien llegue a Los Pinos
y gobierne desde allí. Ese patrón
de reformas parciales o postergadas. De privatizaciones
amañadas o mal ejecutadas.
Hoy por hoy,
las reformas estructurales tienen mal nombre,
mala reputación. La población
las mira con escepticismo y tiene razón.
Fueron instrumentadas con buenas intenciones
pero con malos resultados. Fueron llevadas
a cabo supuestamente para modernizar pero sólo
lo hicieron a medias. Privatizaciones mal concebidas
que convirtieron monopolios públicos
en monopolios privados. Privatizaciones mal
reguladas que produjeron banqueros ricos y
bancos desfalcados. Privatizaciones mal diseñadas
que pusieron televisoras en manos de pillos
y quienes los ayudaron a comprarlas. Privatizaciones
rapaces que generaron dinero para el erario
pero no crearon beneficios para los consumidores.
Privatizaciones en las cuales el gobierno – en
realidad – nunca quiso cambiar a fondo
las reglas del juego.
Ese juego tradicional del “crony capitalism”,
del capitalismo de cuates. Ese capitalismo
de compinches que crea riqueza pero no la comparte.
Ese andamiaje de privilegios que aprisiona
a la economía y la vuelve ineficiente.
Que inhibe el desarrollo de México en
un mundo cada vez más plano. Que opera
a base de favores y concesiones y colusiones
que el gobierno otorga y la clase empresarial
exige para invertir. Que concentra el poder
económico y político en una red
compacta que constriñe la competencia
y ordeña a los consumidores. Que distorsiona
la operación de los mercados y debilita
la confianza en ellos. Que opera sin la regulación
necesaria y muchas veces inexistente. Que tanto
daño le ha hecho al país y a
sus habitantes.
Mientras tanto, México se ha convertido
en el país de todo lo que no se hace
porque el petróleo vale 60 dólares
el barril. Ese subsidio que permite perder
el tiempo; evitar las reformas indispensables;
producir daño de largo plazo. Darle
cosas a la población en vez de educarla.
Porque como escribe Michael Ignatieff, los
recursos naturales como el petróleo
son un obstáculo para la democracia
para cualquier país en desarrollo. Cuando
un gobierno consigue lo que necesita vendiendo
petróleo, no tiene que recaudar impuestos.
Y un gobierno que no recauda impuestos pierde
incentivos para responderle a su población.
Convierte a sus ciudadanos en recipientes en
vez de participantes. Esos que viven con la
mano extendida en vez de la frente en alto.
Para
romper ese ciclo histórico que
mantiene a México maniatado harán
falta reformas. Reformas que empoderen ciudadanos,
que creen procesos eficaces de toma de decisiones
en un gobierno dividido, que desmantelen los
cuellos de botella en la economía que
inhiben la competitividad, la innovación
y el crecimiento. Si esas reformas no ocurren,
México estará condenado a cojear
de lado en vez de caminar de frente. Estará cada
vez más marginado de los mercados globales
por países como India y China. Y seguirá siendo
un país gobernado por presidentes – malos
o peores – que le dan cosas a la gente
en vez de empoderarla. Si esas reformas no
son instrumentadas por quien gane en el 2006,
México estará condenado a vitorear
a su siguiente presidente, y cinco años
después, terminar desilusionado con él.
Denise
Dresser es periodista y politóloga,
editorialista en la revista Proceso y columnista
del periódico Reforma.
Intervención de la autora en la Conversación
entre Mujeres organizada por Semillas el 15
de mayo de 2006.
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