Colaboración del mes: “Niñas activistas: educar para la dignidad” por Lydia Cacho


Mi sobrina Paulina es un poco mi bisabuela campesina de Portugal que perdió a todos sus hijos con la peste, y sin embargo decidió volver a tener otros y amarlos como si fuera madre por primera vez. Es un poco la hermana pequeña de mi abuela que murió de niña porque tenía -como decían antes- “la sangre débil” o poca voluntad para enfrentar el mundo.

Emma, en cambio, es hija y nieta de mujeres derrotadas por la pobreza, por el sexismo, por la desnutrición y la misoginia cultural. Y sin embargo, con sus miedos y angustias, Emma se atrevió a denunciar a su abusador y a enfrentar a un aparato de justicia que la martirizó casi tanto como su violador.

Cuando Emma cayó en las redes de pornografía de Jean Succar en Cancún, sus maestras de la escuela no hablaban de sexualidad, ni de derechos de las niñas, ni se acercaron a Emma para preguntar el por qué de su mirada de miel derramada de tristeza, ni el por qué su madre o su padre nunca iban por ella al colegio. Las maestras y maestros no hablaban de abuso sexual, ni de derechos humanos y civiles. Los líderes de la asociación de padres de familia de las escuelas públicas pensaban que era de mal gusto hablar con las niñas y niños de primaria sobre los delincuentes que abusan de menores, o sobre el derecho a no ser tocado sexualmente por un adulto. Pensaban que el silencio protegía a las niñas y niños de ver un mundo cruel que ya de grandes verían con sus propios ojos. Y por ese silencio adulto, más de doscientos niños y niñas de Cancún, fueron víctimas de un pederasta que junto con su esposa, acosaba afuera de las escuelas y luego seducía a niñas y niños, porque eran ricos y de apariencia educada.

De Emma y de mi sobrina Paulina, por razones diametralmente opuestas he aprendido grandes lecciones de vida. En Paulina veo la intensidad y la sabiduría de mi madre, que murió hace muy pocos años y cuya ausencia hace temblar mi corazón cada mañana. En ella veo a una heroína en ciernes, que escribe desde los ocho años versos en que se pregunta el por qué de la maldad humana, y se conmueve ante el abrazo amoroso de su padre. En esa niña hermosa veo a una ciudadana mexicana que no está dispuesta a negociar su dignidad para vivir en silencio. En Emma, veo a una jovencita aún amenazada, pero que con las pocas herramientas que le dio la vida, se atreve a seguir adelante, aunque a ratos haya recaído en las garras de sus agresores, y la hayan forzado a retractarse amenazándola de muerte. En Emma veo a la primera mujer de su línea familiar que rompe los esquemas, que quema el embrujo del sometimiento, que dice ¡basta ya!

De Emma aprendí que cuando ya no se tiene nada que perder, se intenta todo, por eso la ayudé a entregarle hace dos años una carta, que era un grito de ayuda, a la señora Marta Sahagún de Fox, y vi sus ojos tristes cuando la esposa del presidente decidió ignorarla. Y admiré su noción de ciudadana con derechos cuando me preguntó indignada ¿por qué dice mentiras la señora y no protege a las niñas si su marido siempre nos menciona en sus discursos? ¡Si ella es la esposa del Presidente, ellos tienen poder para detener a Succar y a sus cómplices!

Cada una de ellas desde su realidad va cambiando a nuestra patria, a veces no lo vemos, porque las adultas estamos muy ocupadas haciendo un recuento de los daños, pero cuando nos detenemos a mirarlas y a escuchar su voz, se nos llena el alma de esperanza.

Cuando yo era pequeña y me indignaban las injusticias autoritarias, mi madre me decía retadora “y si no te gusta ¿qué vas a hacer para cambiarlo?”, yo respondía: “pero soy sólo una niña” y ella alegaba: “eres una ciudadana en fabricación”. Luego respondía a todas mis preguntas, o me incitaba: escribe lo que piensas.

Cuando me veía adolescente melancólica, mi madre me abrazaba, acompañándome de sus frases: “recuerda que las personas somos esencialmente bondadosas y que la violencia es una elección. Tú tienes las herramientas para transformar lo que no te gusta del mundo”.

¡Cómo recordé las palabras de mi madre el día de mi arresto y en esas 20 horas de camino Cancún-Puebla, y ya estando en la cárcel! Luego, cuando algunas presas y celadoras me dijeron que no me preocupara, que ellas me cuidarían de no ser violada y golpeada, supe que esas mujeres desconocidas se estaban rebelando contra la violencia y la opresión también.

Cuando yo era niña iba los sábados a visitar a mis abuelos maternos. Mi abuelita Marie Rose era una mujer mexicana nacida en Francia, tenía los ojos verdes como las hojas claras y brillantes de un limonero. Ella amaba la historia y leía sus libros a todas horas. Contaba historias mientras cocinaba platillos suculentos, y nos enseñaba a guisar, como si preparar alimentos fuera una religión para propagar la felicidad. Mi abuelo José María era, en cambio, un portugués mexicano sencillo, un campesino con ímpetu de navegante soñador. Un hombre que creía en la libertad individual y en amar al prójimo como deporte para el alma. Mi viejo leía a sus dos poetas favoritos: Camus y Pessoa. Cuando él partió dejando nuestra vida llena de recuerdos, me regaló sus libros de poesía.

Y a veces, cuando este trabajo para construir la paz alerta mi corazón y lo hace temblar como si fuera cierto que el músculo cardiaco tuviese lágrimas, me acuerdo de la voz de mi abuelo… de la niña que yo era.

Recuerdo la primera vez que escuché que alguien podía hacer de la caída un paso de danza y del miedo una escalera. Estaba sentada al lado de mi abuelito, yo con mi vestido amarillo miraba mis zapatos rojos favoritos… lo escuché y mastiqué la semilla para transformar esa poesía en recuerdo. Cuando me canso de ver la corrupción, cuando quiero detenerme luego de seis meses de emprender una lucha titánica contra un gobernador y criminales organizados, pienso en las niñas que son mis maestras, pienso en las mujeres de Semillas que siembran un México justo todos los días, y pronuncio las palabras de Pessoa, que regresan y calman mi corazón cuando arrecia el miedo por ver a mi patria tan violenta… pero al mismo tiempo a tantas mujeres fuertes que reconstruyen un México libre de violencia, con las que camino cada día:

De todo quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería
interrumpida antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída un paso de danza,
del miedo una escalera,
del sueño un puente,
de la búsqueda, un encuentro.

Fernando Pessoa



Lydia Cacho es periodista, y activista de la equidad.

Intervención de la autora en la Conversación entre Mujeres organizada por Semillas el 12 de junio de 2006.



Regresar

Tamaulipas No. 66
Col. Condesa, C.P. 06140, Delegación Cuauhtémoc
55532900, 55530109