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Algunas noches antes de
dormir cierro los ojos y me pongo a pensar: ¿Qué pasará mañana? ¿La
vida será más fácil? ¿México
cambiará y será un lugar mejor para nosotras
las niñas? ¿Será mañana mi
México perfecto? En el que nos traten igual
que a los hombres, que la gente entienda que somos
seres humanas y valemos igual que los hombres.
¿Será mañana
cuando ya no veamos mujeres lastimadas verbal o físicamente? ¿Un
día que se reconozca lo valiosas que somos?
Quiero que se deje de tratar a las mujeres como objetos.
Quiero un México donde las niñas no
sean maltratadas ni explotadas por los adultos.
Yo
quiero un México donde todas las niñas
nos atrevamos a levantar la voz, y tod@s sepan
que nos merecemos ser felices y tener oportunidades.
En este mundo tod@s valemos lo mismo, tenemos algo
que dar al mundo. Quiero que todas las niñas
y mujeres seamos tratadas como lo que somos; personas
valiosas y humanas. Este
es mi México soñado, mi México
perfecto.
Paulina Báez Cacho
13 años.
Le pedí a mi sobrina Paulina que hiciera
una reflexión personal sobre cómo imagina
a México. Su madre, mi hermana Myriam, es
una psicóloga- sanadora feminista que trabaja
en comunidades de Morelos. Paulina, de trece años,
tiene una vida buena. Va a la escuela, tiene amistades,
comida sana todos los días y amor de su familia.
A Paulina le gusta leer y escribir, ama tocar el
piano y bailar.
Mi sobrina, la autora de esta
carta, se parece mucho a Emma, la niña que se atrevió a denunciar
a Jean Succar, el pederasta de Cancún (quien
hizo y sigue haciendo de su vida un infierno). Emma
llegó a manos de su abusador cuando apenas había
cumplido 13 años –la edad de mi sobrina–.
Le gustaba la música y la poesía (me
regaló unos versos que escribió hace
años), toca muy bien la guitarra. Emma soñaba
con ser cantante, pero sobre todo soñaba con
ser feliz y libre.
La madre de Emma tuvo una infancia desoladora. Su
nombre es Lorena. Ella vivió violencia desde
que se acuerda. De niña les dieron educación
y escuela a sus hermanos hombres, y a ella la pusieron
a fregar platos. En un accidente perdió un brazo;
sus hijas decían que tal vez por eso no era
cariñosa con ellas, porque no podía abarcarlas
por completo.
Lorena tuvo a sus hijas y el padre de las criaturas
se fue a vivir lejos sin recordarlas nunca más.
Lorena pedía trabajo y no la contrataban porque
era discapacitada. Un día comenzó a beber,
y Emma recuerda que a los cinco años tenía
que arrastrar a su madre por el piso de su casa para
recostarla, el alcohol la hacía olvidar sus
penas… y a sus hijas también las dejaba
entre renglones.
Lorena nunca habló con sus hijas de sexualidad,
ni de derechos, ni siquiera hablaba de los peligros
de la calle, porque para ella no hay derechos, y no
eran peligros, sino sólo la vida real e inevitable.
Nunca me lo dijo así, pero intuyo
que para Lorena la maternidad no fue un acto voluntario
de amor y deseo por educar a un ser humano, sino un
accidente fisiológico sin placer. Lo que sí me
dijo un día, es que si no somos madres, las
mujeres no somos nada, y yo no me atreví a decirle
que incubar en el vientre y parir a una criatura no
nos hace madres de verdad.
Las niñas de las que hablo se parecían tanto a los trece años
que podrían haber sido amigas. Pero la diferencia entre la madre de Paulina
y la de Emma es que una tuvo la oportunidad de la educación, del amor,
del respeto y de la equidad en su hogar; la otra simplemente forma parte de las
estadísticas de mujeres que nacieron y crecieron entre los millones de
víctimas de violencia de Estado, de pobreza estructural y de violencia
de género.
Como ustedes, mis hermanas y yo no somos hechura sólo de nuestra valentía
y nuestra voluntad de crecer y transformar a México, somos las mujeres
que nos antecedieron, somos mi madre que se atrevió a confrontar un sistema
y a trabajar con chavos banda de la Ciudad de México hace treinta años.
Ella a su vez, fue hija de una madre y un padre que con el ejemplo rescataron
su ciudadanía de la intolerancia de las dictaduras europeas, y de la guerra.
Mi abuela María Rosa a su vez, era todas las mujeres fuertes que la antecedieron:
una madre vidente que predecía el dolor ajeno, una tía bailarina
que se rebeló contra los cacharros de la cocina y eligió su propio
destino.
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Fotos
cortesía de Lucero González
Diseño y programación de El Semillero:
Gloria Elisa Blanco
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