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¿Qué sucede en el encuentro o desencuentro
de una mujer con su cuerpo? Es probable que su aprecio
o su rechazo por su feminidad, por su propio cuerpo,
por su sensualidad, por su atractivo, por su placer,
tenga muchísimo que ver con su relación
con la mujer de sus orígenes. Con su madre
o con su figura materna. Quien, a su vez, llega hasta
su hija marcada por la relación con su propia
madre o su figura materna. Visto así, ¿cuántas
generaciones de mujeres se necesitan para construir
la historia generacional de una mujer orgásmica,
o temporalmente anorgásmica? No creo que una
madre precise haber conocido el placer, para heredarle
a su hija el derecho al placer. Quizá basta
con que la respete y respete su cuerpo, con que a
través de los cuidados le enseñe a
amarse a sí misma.
Quizá basta con que le haya otorgado a su hija el derecho a la
palabra, y a considerar su cuerpo como suyo. Sin rechazos, ni repulsiones.
Quizá basta con que haya podido concebir a su hija, como un ser
humano distinto y diferenciado de ella misma. Y al cuerpo de su hija,
como diferenciado del suyo, en lugar de alienarla en una noción
de cuerpo femenino que se debe a la madre, al apellido paterno, a la
religión, al futuro marido, a los futuros hijos, al vecindario,
a la patria, y nunca a sí mismo.
La cultura entra en tromba hasta
el hogar, por supuesto. Extrañamente,
en esta idéntica lógica de feminidad entendida como negación
del deseo, la sensualidad femenina se considera desfeminizante. ¿No
es la más ridícula de las contradicciones? Un hombre es
considerado más viril y valorizado socialmente, si asume su deseo
sexual masculino; una mujer es menos valorizada socialmente y se masculiniza,
si asume su deseo sexual, que no puede ser más que femenino. Si
se encuentra bien en su cuerpo de mujer, si sabe qué pedir, si
conoce sus ritmos, si se coloca en un plano de igualdad (en el mutuo
respeto a la diferencia claro está) con su pareja, corre el riesgo
de ser percibida como agresiva, dado que la feminidad está supuesta
a ser pasiva, meramente receptora, y lo más espiritual posible.
Que un hombre –además de amor y ternura– espere placer
de la relación sexual y del orgasmo, es lo más “sano” y “normal” de
este mundo, también culturalmente hablando. Si un hombre no esperara
placer al hacer el amor, ¿ustedes creen que lo haría? Así de
rotundo nos parece cuando se trata de la vida sexual en masculino.
Cuando
nos acercamos al placer y al orgasmo femeninos, nos adentramos en cambio
en todo tipo de asegunes: bueno, pero las mujeres no vamos tanto por
el cuerpo, somos más tiernas, el orgasmo nos importa
menos. Yo lo que quiero es que me abrace, o hacerlo feliz. Etcétera.
Pero ¿por qué serían excluyentes el placer y la
ternura? El placer compartido, ¿no es acaso la experiencia misma
de la ternura compartida? Y algo que me pregunto y me pregunto y no encuentro
respuesta: ¿realmente el orgasmo nos importa menos a nosotras,
o estamos convencidas de que tiene que importarnos menos? No hallo qué responder.
Es decir, si una mujer que hasta hoy no ha tenido un orgasmo, decidiera
aprender a provocárselos mediante la masturbación. Tomándose
tranquilamente todo el tiempo que le sea necesario. Conociéndose
y reconociéndose, sin culpabilidades o a pesar de ellas. Si esa
mujer se acercara a sus propios ritmos y entendiera como escuchar su
cuerpo ¿le daría de veras igual el antes que el después?
En
todo caso y si así fuera, tendría que intentarlo hasta
allá, para saberlo a ciencia cierta. Si me atrevo a plantearlo
así de concretito, es porque creo que la gran mayoría de
las mujeres fuimos anorgásmicas, justo hasta el día –o
la noche– en que dejamos de serlo. Y porque creo que esa experiencia,
si la deseamos pausadamente… llega. Es importante esa palabra:
pausadamente, aunque suene medio extraña en el contexto del placer
sexual. Y si una mujer se reconoce en su cuerpo, y decide compartir esa
experiencia con un hombre o con otra mujer, y si esa experiencia es una
cita con el placer, y con el orgasmo compartido ¿nos daría
de veras igual el antes que el después?
En el caso de la heterosexualidad,
los ritmos de la sensualidad masculina y femenina son distintos. Sin
duda. Pero ¿serán tan extremadamente
distintos como nos han dicho? Porque al hacer el amor no se trata de
cumplir una función fisiológica de manera expedita. En
el célebre “in and out” de dos minutos y medio, la
sensualidad femenina no tiene cabida, pero la masculina tampoco. Lo que
humaniza el placer, lo que celebra el encuentro de una pareja, está más
allá de la sexualidad profiláctica y puntual, que además
a las mujeres nos deja fuera.
Que si seré clitoridiana, que si seré vaginal. ¿A
quién le importan las etiquetas la mera verdad? El placer es un
tejido de caricias, de palabras, creo que para nosotras las mujeres,
de muchísimas palabras, de libertades que una se va permitiendo.
De pequeñas y grandes trasgresiones con respecto a nuestros condicionamientos
familiares y culturales. El placer es otorgarse la libertad de fantasear,
de actuar muchas de las fantasías, y de elegir que hay otras,
que por cuestiones de economía libidinal, una mejor nada más
juega a imaginarlas. El placer se da en el cuerpo y se produce y termina,
mucho más allá del cuerpo. Pero sobre todo, el placer de
la sensualidad compartida es, tendría que ser, el piso de equidad
indispensable en una pareja.
Cuando le preguntaron a Jacques Lacan: ¿qué es una mujer? Él
respondió: “La mujer no existe, es decir, no existe la Mujer
con mayúsculas, lo que sí existe, es una mujer, más
otra mujer, más otra”. Cada una singular y diferenciada.
Sin destino escrito, y con una vida por escribirse. La propuesta lacaniana
libertaria, se niega a acotar y redefinir la feminidad, es preferible
a todas las propuestas anteriores. Sí, la mujer con mayúscula
que nos engloba a todas no existe. El arquetipo. El modelo único.
Qué alivio. Pero una vez dejado claro lo anterior, sabemos bien
que las mujeres tenemos mucho en común, y sabemos, sobre todo,
que reconociéndonos como aliadas, las que coincidamos y podamos
ser aliadas, tenemos mucho por ganar.
Cada
vez que estoy como hoy en una reunión femenina o mayoritariamente
femenina pienso en aquella frase de los abuelos: “Mujeres juntas,
ni difuntas”. El siglo veinte fue el siglo de las grandes reuniones
de mujeres, y nos fue muy bien. Tenemos todavía mucho que lograr,
pero nos fue muy bien. Por ese instinto aquelárrico que se ha
probado tan positivo, me gustan las reuniones de Semillas, sus arrejuntaderos
mensuales. Por eso me gustan sus proyectos. Allí donde las mujeres
nos atrevemos a hablar entre nosotras, algo pasa, tiene que ver con
la fuerza, con la honestidad, con la posibilidad de reconocerse en
la otra y aprender de ella, y viceversa. Algo pasa extraño,
que tiene que ver con el deseo de romper el aislamiento y el silencio.
Y entonces, cuando las palabras compartidas son posibles, algo pasa,
que tiene que ver con la esperanza.
María Teresa Priego es escritora
y periodista.
Intervención de la autora en
la Conversación entre Mujeres organizada
por Semillas el 13 de febrero de 2006.
Fotos
cortesía de Lucero González
Diseño y programación de El Semillero:
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