¡Aparta la fecha!

Conversaciones
entre Mujeres

Lunes 14 de agosto, 19:30 horas.

Sabina Berman leerá su guión “Backyard” sobre la vida en Ciudad Juárez.
Tamaulipas 66, Col. Condesaz


Reconocimiento Mujeres Invirtiendo en Mujeres
Miércoles 18 de octubre, 19:00 horas

Ponencia magistral: Carmen Aristegui
Auditorio Jaime Torres Bodet
Museo Nacional de Antropología.

Networking

Curso-taller para niñ@s ¡Juguemos a cuidar nuestro cuerpo!


La Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas, A.C. (ADIVAC), dentro del Programa de Capacitación y Prevención de la Agresión Sexual, invita al curso-taller para niñas y niños: ¡Juguemos a cuidar nuestro cuerpo! El taller está dirigido a niñas y niños de entre 9 y 12 años y tendrá lugar del 14 al 18 de agosto, de 10 a 14 horas. Cuota de recuperación: 500 pesos. Informes e inscripciones al (55) 56 82 79 69.

 

En este número


Bienvenida a nuev@s donantes



¿Por qué invertir en Semillas?


Networking: Curso-taller para niñ@s ¡Juguemos a cuidar nuestro cuerpo!


Colaboración del mes: “Cuerpo y placer” por María Teresa Priego


Bienvenida a la Red MIM


Semillas da la más cordial bienvenida a sus nuev@s donantes:

Annie Delfosse
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Margarita Castellanos Ribot
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Olivier Luc Guibert Dubouis
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Silvia Sánchez Alcántara
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¿Por qué invertir en Semillas?


“Decidí ser donante de Semillas porque en esta asociación de Mujeres Invirtiendo en Mujeres, se concatena armoniosamente la cadena del dar y el recibir, y porque comparto con la mujeres que integran esta red maneras semejantes de mirar el mundo.

Decido colaborar con Semillas porque aquí puedo abrir los ojos con otras mujeres quienes también miran, apoyan, se comprometen y trabajan para promover un cambio social y una cultura de equidad en México”.

Claudia Burr
Antropóloga, donante de la Red MIM .

 


Colaboración del mes: “Cuerpo y placer” por María Teresa Priego


¿Qué sucede en el encuentro o desencuentro de una mujer con su cuerpo? Es probable que su aprecio o su rechazo por su feminidad, por su propio cuerpo, por su sensualidad, por su atractivo, por su placer, tenga muchísimo que ver con su relación con la mujer de sus orígenes. Con su madre o con su figura materna. Quien, a su vez, llega hasta su hija marcada por la relación con su propia madre o su figura materna. Visto así, ¿cuántas generaciones de mujeres se necesitan para construir la historia generacional de una mujer orgásmica, o temporalmente anorgásmica? No creo que una madre precise haber conocido el placer, para heredarle a su hija el derecho al placer. Quizá basta con que la respete y respete su cuerpo, con que a través de los cuidados le enseñe a amarse a sí misma.

Quizá basta con que le haya otorgado a su hija el derecho a la palabra, y a considerar su cuerpo como suyo. Sin rechazos, ni repulsiones. Quizá basta con que haya podido concebir a su hija, como un ser humano distinto y diferenciado de ella misma. Y al cuerpo de su hija, como diferenciado del suyo, en lugar de alienarla en una noción de cuerpo femenino que se debe a la madre, al apellido paterno, a la religión, al futuro marido, a los futuros hijos, al vecindario, a la patria, y nunca a sí mismo.

La cultura entra en tromba hasta el hogar, por supuesto. Extrañamente, en esta idéntica lógica de feminidad entendida como negación del deseo, la sensualidad femenina se considera desfeminizante. ¿No es la más ridícula de las contradicciones? Un hombre es considerado más viril y valorizado socialmente, si asume su deseo sexual masculino; una mujer es menos valorizada socialmente y se masculiniza, si asume su deseo sexual, que no puede ser más que femenino. Si se encuentra bien en su cuerpo de mujer, si sabe qué pedir, si conoce sus ritmos, si se coloca en un plano de igualdad (en el mutuo respeto a la diferencia claro está) con su pareja, corre el riesgo de ser percibida como agresiva, dado que la feminidad está supuesta a ser pasiva, meramente receptora, y lo más espiritual posible. Que un hombre –además de amor y ternura– espere placer de la relación sexual y del orgasmo, es lo más “sano” y “normal” de este mundo, también culturalmente hablando. Si un hombre no esperara placer al hacer el amor, ¿ustedes creen que lo haría? Así de rotundo nos parece cuando se trata de la vida sexual en masculino.

Cuando nos acercamos al placer y al orgasmo femeninos, nos adentramos en cambio en todo tipo de asegunes: bueno, pero las mujeres no vamos tanto por el cuerpo, somos más tiernas, el orgasmo nos importa menos. Yo lo que quiero es que me abrace, o hacerlo feliz. Etcétera. Pero ¿por qué serían excluyentes el placer y la ternura? El placer compartido, ¿no es acaso la experiencia misma de la ternura compartida? Y algo que me pregunto y me pregunto y no encuentro respuesta: ¿realmente el orgasmo nos importa menos a nosotras, o estamos convencidas de que tiene que importarnos menos? No hallo qué responder. Es decir, si una mujer que hasta hoy no ha tenido un orgasmo, decidiera aprender a provocárselos mediante la masturbación. Tomándose tranquilamente todo el tiempo que le sea necesario. Conociéndose y reconociéndose, sin culpabilidades o a pesar de ellas. Si esa mujer se acercara a sus propios ritmos y entendiera como escuchar su cuerpo ¿le daría de veras igual el antes que el después?

En todo caso y si así fuera, tendría que intentarlo hasta allá, para saberlo a ciencia cierta. Si me atrevo a plantearlo así de concretito, es porque creo que la gran mayoría de las mujeres fuimos anorgásmicas, justo hasta el día –o la noche– en que dejamos de serlo. Y porque creo que esa experiencia, si la deseamos pausadamente… llega. Es importante esa palabra: pausadamente, aunque suene medio extraña en el contexto del placer sexual. Y si una mujer se reconoce en su cuerpo, y decide compartir esa experiencia con un hombre o con otra mujer, y si esa experiencia es una cita con el placer, y con el orgasmo compartido ¿nos daría de veras igual el antes que el después?

En el caso de la heterosexualidad, los ritmos de la sensualidad masculina y femenina son distintos. Sin duda. Pero ¿serán tan extremadamente distintos como nos han dicho? Porque al hacer el amor no se trata de cumplir una función fisiológica de manera expedita. En el célebre “in and out” de dos minutos y medio, la sensualidad femenina no tiene cabida, pero la masculina tampoco. Lo que humaniza el placer, lo que celebra el encuentro de una pareja, está más allá de la sexualidad profiláctica y puntual, que además a las mujeres nos deja fuera.

Que si seré clitoridiana, que si seré vaginal. ¿A quién le importan las etiquetas la mera verdad? El placer es un tejido de caricias, de palabras, creo que para nosotras las mujeres, de muchísimas palabras, de libertades que una se va permitiendo. De pequeñas y grandes trasgresiones con respecto a nuestros condicionamientos familiares y culturales. El placer es otorgarse la libertad de fantasear, de actuar muchas de las fantasías, y de elegir que hay otras, que por cuestiones de economía libidinal, una mejor nada más juega a imaginarlas. El placer se da en el cuerpo y se produce y termina, mucho más allá del cuerpo. Pero sobre todo, el placer de la sensualidad compartida es, tendría que ser, el piso de equidad indispensable en una pareja.

Cuando le preguntaron a Jacques Lacan: ¿qué es una mujer? Él respondió: “La mujer no existe, es decir, no existe la Mujer con mayúsculas, lo que sí existe, es una mujer, más otra mujer, más otra”. Cada una singular y diferenciada. Sin destino escrito, y con una vida por escribirse. La propuesta lacaniana libertaria, se niega a acotar y redefinir la feminidad, es preferible a todas las propuestas anteriores. Sí, la mujer con mayúscula que nos engloba a todas no existe. El arquetipo. El modelo único. Qué alivio. Pero una vez dejado claro lo anterior, sabemos bien que las mujeres tenemos mucho en común, y sabemos, sobre todo, que reconociéndonos como aliadas, las que coincidamos y podamos ser aliadas, tenemos mucho por ganar.

Cada vez que estoy como hoy en una reunión femenina o mayoritariamente femenina pienso en aquella frase de los abuelos: “Mujeres juntas, ni difuntas”. El siglo veinte fue el siglo de las grandes reuniones de mujeres, y nos fue muy bien. Tenemos todavía mucho que lograr, pero nos fue muy bien. Por ese instinto aquelárrico que se ha probado tan positivo, me gustan las reuniones de Semillas, sus arrejuntaderos mensuales. Por eso me gustan sus proyectos. Allí donde las mujeres nos atrevemos a hablar entre nosotras, algo pasa, tiene que ver con la fuerza, con la honestidad, con la posibilidad de reconocerse en la otra y aprender de ella, y viceversa. Algo pasa extraño, que tiene que ver con el deseo de romper el aislamiento y el silencio. Y entonces, cuando las palabras compartidas son posibles, algo pasa, que tiene que ver con la esperanza.

María Teresa Priego es escritora y periodista.

Intervención de la autora en la Conversación entre Mujeres organizada por Semillas el 13 de febrero de 2006.


Fotos cortesía de Lucero González
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