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Continua el artículo: “Feminidad: anatomía no es destino ” por María Teresa Priego

¿Cómo alguien podría así nada más y de golpe, perder su identidad sexual, y su cuerpo sexuado, por el hecho de que tiene dos hijos en lugar de cinco, o elige un oficio, o le gusta más hacer el amor a horcajadas, que en la posición del misionero? O por detalles mucho más simples: jugar futbol, ganarle a un niño en el tenis, o aprender a cambiar una llanta. La mayoría de las revistas para mujeres abundaban y abundan en la conservación del anatema: "¿Cómo triunfar, sin perder tu feminidad?". "Ejecutiva, pero siempre femenina".   "Femeninamente asertiva". ¿Y eso cómo será?

Hasta ahora no se ha escuchado, que nadie se preocupe porque un candidato a diputado, por ejemplo, esté en peligro de "perder su masculinidad", en las escaleras del congreso. Las amenazas a la virilidad por supuesto que existen,   pero no se juegan en el terreno de la creatividad y de la autonomía. Recuerdo dos de las frases preferidas de mi mamá, que me ha repetido desde la pubertad, hasta antier: "No te hagas la sabihonda, es poco femenino", "Para un hombre, una mujer que se hace la inteligente, pierde su feminidad". Parecieran frases de una increíble vanalidad, no lo son, son condicionamientos con los que cargamos, que nos lastiman, contra los cuales tantas veces nos estrellamos sin saber a ciencia cierta qué nos sucede.

Esta cotidianidad tan innecesariamente complicada, por los estereotipos de la "feminidad" nos deja claro el trasfondo del discurso hasta ahora predominante en la cultura mexicana: "Feminidad" = a negación del deseo. Me refiero aquí a la palabra deseo, por supuesto, en su sentido más amplio de motor de vida, motor de cambio y enriquecimiento. Motor constante de búsqueda y de aprendizaje. Si ya de plano somos tan necias, como para no estar dispuestas a negar nuestros deseos, la cultura nos sugiere -por nuestro bien- que los disimulemos. No en balde el pudor es promovido, como una de nuestras más sublimes virtudes.

Es un misterio, cómo tantísimas generaciones de mexicanas nos empecinamos en crecer y llegar a la vida femenina adulta, tan plagada de amenazas. Pero, ¿será por eso que tantas, a edades ya más que avanzaditas, nos negamos a terminar de crecer? Y entonces somos super femeninas y llenamos mal los cheques, o nos sentimos aterradas de vivir solas, o nos morimos de culpa si disfrutamos de nuestra sexualidad honestamente, o no sabemos cobrar lo justo, porque valorar el propio trabajo nos hace barbudas, o queremos que nos vaya bien, pero nos da miedo que nos vaya mejor, porque entonces ya nadie nos va a querer. Suena ñoño. Pero es parte de nuestra realidad. No necesariamente consciente. Estoy segura, que si en los grupos de mujeres tocáramos cada vez el tema del miedo al logro, por razones o sinrazones de género, a defender los propios derechos, nos quedaríamos discutiendo hasta la madrugada.

Racionalmente hoy, nos podría parecer ridículo aceptarnos encasilladas en los discursos que nos preceden. La verdad yo no cantaría victoria, porque me he visto muchas veces en acción - me he visto a posteriori, claro está-   pidiendo perdón, cuando lo que toca es exigir lo justo, haciendo sonrisitas de mensa catatónica, cuando lo que toca es enfrentar a un adversario que se te viene encima con todo. Digo, el otro saca una metralleta, y una le responde cantando "De colores", con gestecitos de Heidi, y rubores de la novicia voladora.

No cantaría victoria con respecto a mi autonomía de adulta dizque emancipada, porque me he visto escondiendo debajo de la cama algún logro, para que mi pareja no se descontrole. Me vi salir corriendo de una oferta de trabajo, donde iba a ganar más que él. Porque hasta se me ha ocurrido pensar, en qué dirían mis vecinos, los de la vela perpetua que me tratan tan bien, e invitan a mis hijos, si supieran que me he portado tan mal. Pues sí. Mucho debate y mucho feminismo, pero al fin de cuentas, el inconsciente habla, y una se sabotea de muchas formas, en aras de ser, sobre todo, una monada. Como escribió Virginia Wolf: "El angel del hogar". O el reposo del guerrero. El regazo amante. La enfermera perfecta. La dadora incansable. Casi el ideal decimonónico de feminidad, a estas alturas. Qué papelón.

Pero no es nada más, el embate de la cultura. Tendríamos que mirar muy de cerca, cada una, la relación, o la no relación con la propia madre. Sí me leí las obras completas de De Beauvoir, hice muchas de esas cosas que una está supuesta a hacer para "liberarse", pero me he visto negándome el deseo de crear, para no abandonar metafóricamente a mi mamá. Detenerme ante deseos fuertísimos, para no traicionarla. Ella por supuesto jamás lo sabría, pero lo sé yo. Digamos que lo sabemos mi madre introyectada y yo. Me he visto en situaciones en las que podría estar más bien contenta, convertida en cambio, en un miserable manojo de nervios y angustias, porque mi mamá me dijo que si me va bien, me va mal, que la creatividad femenina fuera del hogar atrae la desgracia. Me dijo, que más valía ser pasiva y contemplativa, que activa. Me dijo sobre todo, que nunca y bajo ninguna circunstancia, se me ocurriera ir más lejos que ella. Me lo dijo sin saberlo. Sin darse cuenta. Que no abriera las puertas que ella no abrió. Las que no quiso, las que no se le ocurrieron, o las que sí se le ocurrieron y sí quiso, pero le fueron prohibidas.

Eran, somos, sobre todo las mujeres, las encargadas de transmitir los mensajes del "deber ser", de la feminidad. Somos las mujeres, las encargadas de sostener los mecanismos de coerción y de represión, que intentan controlar la vida de las mujeres. (no me refiero aquí, por supuesto, a las situaciones de violencia   y de violencia extrema, que secuestran y destruyen la voluntad de las mujeres que las padecen). Somos las mujeres, quienes conservamos esa preferencia tan común, y tan dolorosa para las hijas, por el hijo varón, y tan costosa para el hijo mismo quien después, en su vida adulta, se sentirá divinizado y todopoderoso ante cada mujer, en lugar de vivirla como su igual. Somos las mujeres también, quienes continuamos diciendo: "fácil", "resbalosa", "puta", "golfa".

Somos también nosotras quienes continuamos manteniendo las reglas que nos oprimen, o no nos convienen. Las que nos reímos muchas veces de los pseudo chistes más misóginos, por temor a que nos califiquen de "feministas", o de amargadas, y además parece que son sinónimos. Somos nosotras las que fingimos orgasmos, en vez de explicar amablemente lo que necesitamos. Pasada cierta edad, cada mal amante que llega a la vida de una mujer,   segurito que viene de una serie de mujeres que no fueron honestas. Si no, ya hubiera cambiado. Somos nosotras, las que con frecuencia tendemos a escuchar más a los hombres que a las mujeres, a respetar más a los hombres que a las mujeres, a enjuiciar mucho más la vida privada de las mujeres que la de los hombres. Las que les contestamos a nuestras hijas "tú no y tu hermano sí, porque él es hombre".

¿Por qué lo hacemos? Creo que en el caso de las mujeres mexicanas con acceso a ciertos niveles de educación, ya no podemos conformarnos con repetir la explicación de los "condicionamientos de la sociedad patriarcal". Existen, es cierto, nos los inyectaron, es cierto: ¿en qué inmenso cesto de basura vamos a depositarlos? Probado está, que los cambios que han beneficiado a las mujeres en todo el mundo, los han promovido las mujeres. La cotidianidad se transforma, si cada una de nostras se transforma, si cada una de nosotras es capaz de cambiar -hacia formas más equitativas- su manera de relacionarse con los hombres, y con las otras mujeres.

Todas cargamos con un inconsciente al que le da por dispararnos a la incongruencia. Hay que lidiar con él, a diario, y atraparlo in fraganti, cuando de repente salta (por ejemplo) y escuchamos nuestra voz de mujer, ensañándose con otra mujer. Descalificándola abruptamente. Asegurándole a la jefa o al jefe que "de veritas fulanita no necesita un aumento porque su marido la mantiene", o   "en realidad la guardería para la oficina no es indispensable, porque cada quien es responsable de sus problemas". O "Están muy bien los exámenes de embarazo para contratar, porque hay una bola de vivas que nada más se aprovechan". O "Tiene la chamba porque se acuesta con el patrón".   O aún bastante peor.

"Uno de cada cuatro mexicanos(as) está de acuerdo con que muchas mujeres son violadas porque provocan a los hombres", se lee en la Primera Encuesta sobre discriminación en México, realizada por El Consejo Nacional para prevenir la discriminación y por SEDESOL. El paréntesis de la primera línea es aniquilador. El femenino incluido. ¿Nosotras las mexicanas opinamos, podríamos opinar, se nos ocurriría siquiera opinar, que una mujer es víctima de un delito grave porque se lo merecía? ¿Podríamos nosotras colocarnos un segundo del lado del agresor? ¿Pero qué significa esa aparatosa traición a nosotras mismas, esgrimiendo la defensa de un depredador? ¿El síndrome de Estocolmo? Denigrar a la otra, es denigrarse a sí misma. ¿Cuál es nuestra idea entonces de nosotras mismas? ¿Cuál es la relación que tiene con su propio cuerpo, una mujer que es capaz de justificar una violación, es decir, la cosificación de otra mujer? ¿Así de devaluadas nos sentimos? ¿Así de objetos? ¿Así de carne para el frigorífico? ¿Y por qué?

¿Qué sucede en el encuentro o desencuentro de una mujer con su cuerpo? Es probable, que su aprecio o su rechazo a su feminidad, a su propio cuerpo, a su sensualidad, a su atractivo, a su placer, tenga muchísimo que ver con su relación con la mujer de sus orígenes. Con su madre o con su figura materna. Quien a su vez, llega hasta su hija marcada por la relación con su propia madre o su figura materna. Visto así ¿cuántas generaciones de mujeres se necesitan para construir la historia generacional de una mujer orgásmica, o temporalmente anorgásmica? No creo que una madre precise haber conocido el placer, para heredarle a su hija el derecho al placer. Quizá basta, con que la respete y respete su cuerpo, con que a través de los cuidados le enseñe a amarse a sí misma.

Quizá basta con que le haya otorgado a su hija el derecho a la palabra, y a considerar su cuerpo como suyo. Sin rechazos, ni repulsiones. Quizá basta con que haya podido concebir a su hija, como un ser humano distinto y diferenciado de ella misma. Y al cuerpo de su hija, como diferenciado del suyo, en lugar de alienarla en una noción de cuerpo femenino que se debe a la madre, al apellido paterno, a la religión, al futuro marido, a los futuros hijos, al vecindario, a la patria, y nunca a sí mismo.

La cultura entra en tromba hasta el hogar, por supuesto. Extrañamente, en esta idéntica lógica de feminidad entendida como negación del deseo, la sensualidad femenina se considera   desfeminizante. ¿No es la más ridícula de las contradicciones? Un hombre es considerado más viril y valorizado socialmente, si asume su deseo sexual masculino, una mujer es menos valorizada socialmente y se masculiniza, si asume su deseo sexual, que no puede ser más que femenino. Si se encuentra bien en su cuerpo de mujer, si sabe qué pedir, si conoce sus ritmos, si se coloca en un plano de igualdad (en el mutuo respeto a la diferencia claro está) con su pareja, corre el riesgo de ser percibida como agresiva, dado que la feminidad está supuesta a ser pasiva, meramente receptora, y lo más espiritual posible. Que un hombre -además de amor y ternura-   espere placer de la relación sexual y del orgasmo, es lo más "sano" y "normal" de este mundo, también culturalmente hablando. Si un hombre no esperara placer al hacer el amor, ¿ustedes creen que lo haría? Así de rotundo nos parece, cuando se trata de la vida sexual en masculino.

Cuando nos acercamos al placer y al orgasmo femeninos, nos adentramos en cambio, en todo tipo de asegunes: bueno, pero las mujeres no vamos tanto por el cuerpo, somos más tiernas, el orgasmo nos importa menos. Yo lo que quiero es que me abrace, o hacerlo feliz. Etcétera. Pero ¿por qué serían excluyentes el placer y la ternura? El placer compartido, ¿no es acaso la experiencia misma de la ternura compartida? Y algo que me pregunto y me pregunto y no encuentro respuesta: ¿realmente el orgasmo nos importa menos a nosotras, o estamos convencidas de que tiene que importarnos menos? No hallo que responder. Si una mujer que hasta hoy no ha tenido un orgasmo, decidiera aprender a provocárselo mediante la masturbación, tomándose tranquilamente todo el tiempo que le sea necesario, conociéndose y reconociéndose, sin culpabilidades o a pesar de ellas. Si esa mujer se acercara a sus propios ritmos y entendiera cómo escuchar su cuerpo ¿le daría de veras igual el antes que el después?

En todo caso y si así fuera, tendría que intentarlo hasta allá, para saberlo a ciencia cierta. Si me atrevo a plantearlo así de concretito, es porque creo que la gran mayoría de las mujeres fuimos anorgásmicas, justo hasta el día - o la noche- en que dejamos de serlo. Y porque creo que esa experiencia, si la deseamos pausadamente...llega. Es importante esa palabra: pausadamente, aunque suene medio extraña en el contexto del placer sexual. Y si una mujer se reconoce en su cuerpo, y decide compartir esa experiencia con un hombre o con otra mujer, y si esa experiencia es una cita con el placer, y con el orgasmo compartido ¿nos daría de veras igual, el antes que el después?

En el caso de la heterosexualidad, los ritmos de la sensualidad masculina y femenina son distintos. Sin duda. Pero ¿serán tan extremosamente distintos como nos han dicho? Porque al hacer el amor no se trata de cumplir una función fisiológica de manera expedita. En el célebre "in and out" de dos minutos y medio,   la sensualidad femenina no tiene cabida, pero la masculina tampoco. Lo que humaniza el placer, lo que celebra el encuentro de una pareja, está más allá de la sexualidad profiláctica y puntual, que además a las mujeres nos deja fuera.

Que si seré clitoridiana, que si seré vaginal. ¿A quién le importan las etiquetas? El placer es un tejido de caricias, de palabras, creo que para nosotras las mujeres, de muchísimas palabras, de libertades que una se va permitiendo. De pequeñas y grandes trasgresiones con respecto a nuestros condicionamientos familiares y culturales. El placer es otorgarse la libertad de fantasear, de actuar muchas de las fantasías, y de elegir que hay otras, que por cuestiones de economía libidinal, una mejor nada más juega a imaginarlas. El placer se da en el cuerpo y se produce y termina, mucho más allá del cuerpo. Pero sobre todo, el placer de la sensualidad compartida es, tendría que ser, el piso de equidad indispensable en una pareja.

Cuando le preguntaron a Jacques Lacan, pero ¿qué es una mujer? Él respondió: "La mujer no existe", es decir, no existe la mujer con mayúsculas, lo que sí existe, es una mujer, más otra mujer, más otra". Cada una singular y diferenciada. Sin destino escrito, y con una vida por escribirse. La propuesta lacaniana libertaria, que se niega a acotar y redefinir la feminidad, es preferible a todas las propuestas anteriores. Sí, la mujer con mayúscula que nos engloba a todas no existe. El arquetipo. El modelo único. Qué alivio. Pero una vez dejado claro lo anterior, sabemos   bien que las mujeres tenemos mucho en común, y sabemos sobre todo, que reconociéndonos como aliadas, las que coincidamos y podamos ser aliadas, tenemos mucho por ganar.

Cada vez que estoy, como hoy, en una reunión femenina o mayoritariamente femenina pienso en aquella frase de los abuelos: "Mujeres juntas, ni difuntas". El siglo veinte fue el siglo de las grandes reuniones de mujeres, y nos fue muy bien. Tenemos todavía mucho que lograr, pero nos fue muy bien. Por ese instinto aquelárrico que se ha probado tan positivo,   me gustan las reuniones de Semillas, sus arrejuntaderos mensuales. Por eso me gustan sus proyectos. Allí donde las mujeres nos atrevemos a hablar entre nosotras, algo pasa,   tiene que ver con la fuerza, con la honestidad, con la posibilidad de reconocerse en la otra y aprender de ella, y viceversa. Algo extraño pasa, que tiene que ver con el deseo de romper el aislamiento y el silencio. Y entonces - cuando las palabras compartidas son posibles- algo pasa, que tiene que ver con la esperanza.


María Teresa Priego es escritora y periodista. Es editorialista de Diario Monitor y comentarista de Reporte 98.5 FM.

Intervención de la autora en la Conversación entre Mujeres realizada en Semillas el 13 de febrero de 2006.

 

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