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¿Cómo alguien podría
así nada
más y de golpe, perder su identidad sexual,
y su cuerpo sexuado, por el hecho de que tiene dos
hijos en lugar de cinco, o elige un oficio, o le gusta
más hacer el amor a horcajadas, que en la posición
del misionero? O por detalles mucho más simples:
jugar futbol, ganarle a un niño en el tenis,
o aprender a cambiar una llanta. La mayoría
de las revistas para mujeres abundaban y abundan en
la conservación del anatema: "¿Cómo
triunfar, sin perder tu feminidad?". "Ejecutiva, pero
siempre femenina". "Femeninamente asertiva". ¿Y
eso cómo será?
Hasta
ahora no se ha escuchado, que nadie se preocupe porque
un candidato a diputado, por ejemplo, esté en
peligro de "perder su masculinidad", en las escaleras
del congreso. Las amenazas a la virilidad por supuesto
que existen, pero no se juegan en el terreno
de la creatividad y de la autonomía. Recuerdo
dos de las frases preferidas de mi mamá, que
me ha repetido desde la pubertad, hasta antier: "No
te hagas la sabihonda, es poco femenino", "Para un
hombre, una mujer que se hace la inteligente, pierde
su feminidad". Parecieran frases de una increíble
vanalidad, no lo son, son condicionamientos con los
que cargamos, que nos lastiman, contra los cuales tantas
veces nos estrellamos sin saber a ciencia cierta qué nos
sucede.
Esta cotidianidad tan innecesariamente complicada,
por los estereotipos de la "feminidad" nos deja claro
el trasfondo del discurso hasta ahora predominante
en la cultura mexicana: "Feminidad" = a negación
del deseo. Me refiero aquí a la palabra deseo,
por supuesto, en su sentido más amplio de motor
de vida, motor de cambio y enriquecimiento. Motor constante
de búsqueda y de aprendizaje. Si ya de plano
somos tan necias, como para no estar dispuestas a negar
nuestros deseos, la cultura nos sugiere -por nuestro
bien- que los disimulemos. No en balde el pudor es
promovido, como una de nuestras más sublimes
virtudes.
Es un misterio, cómo tantísimas generaciones
de mexicanas nos empecinamos en crecer y llegar a la
vida femenina adulta, tan plagada de amenazas. Pero, ¿será por
eso que tantas, a edades ya más que avanzaditas,
nos negamos a terminar de crecer? Y entonces somos
super femeninas y llenamos mal los cheques, o nos sentimos
aterradas de vivir solas, o nos morimos de culpa si
disfrutamos de nuestra sexualidad honestamente, o no
sabemos cobrar lo justo, porque valorar el propio trabajo
nos hace barbudas, o queremos que nos vaya bien, pero
nos da miedo que nos vaya mejor, porque entonces ya
nadie nos va a querer. Suena ñoño. Pero
es parte de nuestra realidad. No necesariamente consciente.
Estoy segura, que si en los grupos de mujeres tocáramos
cada vez el tema del miedo al logro, por razones o
sinrazones de género, a defender los propios
derechos, nos quedaríamos discutiendo hasta
la madrugada.
Racionalmente hoy, nos podría parecer ridículo
aceptarnos encasilladas en los discursos que nos preceden.
La verdad yo no cantaría victoria, porque me
he visto muchas veces en acción - me he visto
a posteriori, claro está- pidiendo perdón,
cuando lo que toca es exigir lo justo, haciendo sonrisitas
de mensa catatónica, cuando lo que toca es enfrentar
a un adversario que se te viene encima con todo. Digo,
el otro saca una metralleta, y una le responde cantando "De
colores", con gestecitos de Heidi, y rubores de la
novicia voladora.
No cantaría victoria con respecto a mi autonomía
de adulta dizque emancipada, porque me he visto escondiendo
debajo de la cama algún logro, para que mi pareja
no se descontrole. Me vi salir corriendo de una oferta
de trabajo, donde iba a ganar más que él.
Porque hasta se me ha ocurrido pensar, en qué dirían
mis vecinos, los de la vela perpetua que me tratan
tan bien, e invitan a mis hijos, si supieran que me
he portado tan mal. Pues sí. Mucho debate y
mucho feminismo, pero al fin de cuentas, el inconsciente
habla, y una se sabotea de muchas formas, en aras de
ser, sobre todo, una monada. Como escribió Virginia
Wolf: "El angel del hogar". O el reposo del guerrero.
El regazo amante. La enfermera perfecta. La dadora
incansable. Casi el ideal decimonónico de feminidad,
a estas alturas. Qué papelón.
Pero no es
nada más, el embate de la cultura.
Tendríamos que mirar muy de cerca, cada una,
la relación, o la no relación con la
propia madre. Sí me leí las obras completas
de De Beauvoir, hice muchas de esas cosas que una está supuesta
a hacer para "liberarse", pero me he visto negándome
el deseo de crear, para no abandonar metafóricamente
a mi mamá. Detenerme ante deseos fuertísimos,
para no traicionarla. Ella por supuesto jamás
lo sabría, pero lo sé yo. Digamos que
lo sabemos mi madre introyectada y yo. Me he visto
en situaciones en las que podría estar más
bien contenta, convertida en cambio, en un miserable
manojo de nervios y angustias, porque mi mamá me
dijo que si me va bien, me va mal, que la creatividad
femenina fuera del hogar atrae la desgracia. Me dijo,
que más valía ser pasiva y contemplativa,
que activa. Me dijo sobre todo, que nunca y bajo ninguna
circunstancia, se me ocurriera ir más lejos
que ella. Me lo dijo sin saberlo. Sin darse cuenta.
Que no abriera las puertas que ella no abrió.
Las que no quiso, las que no se le ocurrieron, o las
que sí se le ocurrieron y sí quiso, pero
le fueron prohibidas.
Eran, somos, sobre todo las mujeres,
las encargadas de transmitir los mensajes del "deber ser", de la feminidad.
Somos las mujeres, las encargadas de sostener los mecanismos
de coerción y de represión, que intentan
controlar la vida de las mujeres. (no me refiero aquí,
por supuesto, a las situaciones de violencia y
de violencia extrema, que secuestran y destruyen la
voluntad de las mujeres que las padecen). Somos las
mujeres, quienes conservamos esa preferencia tan común,
y tan dolorosa para las hijas, por el hijo varón,
y tan costosa para el hijo mismo quien después,
en su vida adulta, se sentirá divinizado y todopoderoso
ante cada mujer, en lugar de vivirla como su igual.
Somos las mujeres también, quienes continuamos
diciendo: "fácil", "resbalosa", "puta", "golfa".
Somos
también nosotras quienes continuamos
manteniendo las reglas que nos oprimen, o no nos convienen.
Las que nos reímos muchas veces de los pseudo
chistes más misóginos, por temor a que
nos califiquen de "feministas", o de amargadas, y además
parece que son sinónimos. Somos nosotras las
que fingimos orgasmos, en vez de explicar amablemente
lo que necesitamos. Pasada cierta edad, cada mal amante
que llega a la vida de una mujer, segurito que
viene de una serie de mujeres que no fueron honestas.
Si no, ya hubiera cambiado. Somos nosotras, las que
con frecuencia tendemos a escuchar más a los
hombres que a las mujeres, a respetar más a
los hombres que a las mujeres, a enjuiciar mucho más
la vida privada de las mujeres que la de los hombres.
Las que les contestamos a nuestras hijas "tú no
y tu hermano sí, porque él es hombre".
¿Por qué lo hacemos? Creo que en el
caso de las mujeres mexicanas con acceso a ciertos
niveles de educación, ya no podemos conformarnos
con repetir la explicación de los "condicionamientos
de la sociedad patriarcal". Existen, es cierto, nos
los inyectaron, es cierto: ¿en qué inmenso
cesto de basura vamos a depositarlos? Probado está,
que los cambios que han beneficiado a las mujeres en
todo el mundo, los han promovido las mujeres. La cotidianidad
se transforma, si cada una de nostras se transforma,
si cada una de nosotras es capaz de cambiar -hacia
formas más equitativas- su manera de relacionarse
con los hombres, y con las otras mujeres.
Todas cargamos
con un inconsciente al que le da por dispararnos a
la incongruencia. Hay que lidiar con él,
a diario, y atraparlo in fraganti, cuando de repente
salta (por ejemplo) y escuchamos nuestra voz de mujer,
ensañándose con otra mujer. Descalificándola
abruptamente. Asegurándole a la jefa o al jefe
que "de veritas fulanita no necesita un aumento porque
su marido la mantiene", o "en realidad la guardería
para la oficina no es indispensable, porque cada quien
es responsable de sus problemas". O "Están muy
bien los exámenes de embarazo para contratar,
porque hay una bola de vivas que nada más se
aprovechan". O "Tiene la chamba porque se acuesta con
el patrón". O aún bastante peor.
"Uno de cada cuatro mexicanos(as) está de acuerdo
con que muchas mujeres son violadas porque provocan
a los hombres", se lee en la Primera Encuesta sobre
discriminación en México, realizada por
El Consejo Nacional para prevenir la discriminación
y por SEDESOL. El paréntesis de la primera línea
es aniquilador. El femenino incluido. ¿Nosotras
las mexicanas opinamos, podríamos opinar, se
nos ocurriría siquiera opinar, que una mujer
es víctima de un delito grave porque se lo merecía? ¿Podríamos
nosotras colocarnos un segundo del lado del agresor? ¿Pero
qué significa esa aparatosa traición
a nosotras mismas, esgrimiendo la defensa de un depredador? ¿El
síndrome de Estocolmo? Denigrar a la otra, es
denigrarse a sí misma. ¿Cuál es
nuestra idea entonces de nosotras mismas? ¿Cuál
es la relación que tiene con su propio cuerpo,
una mujer que es capaz de justificar una violación,
es decir, la cosificación de otra mujer? ¿Así de
devaluadas nos sentimos? ¿Así de objetos? ¿Así de
carne para el frigorífico? ¿Y por qué?
¿Qué sucede en el encuentro o desencuentro
de una mujer con su cuerpo? Es probable, que su aprecio
o su rechazo a su feminidad, a su propio cuerpo, a
su sensualidad, a su atractivo, a su placer, tenga
muchísimo que ver con su relación con
la mujer de sus orígenes. Con su madre o con
su figura materna. Quien a su vez, llega hasta su hija
marcada por la relación con su propia madre
o su figura materna. Visto así ¿cuántas
generaciones de mujeres se necesitan para construir
la historia generacional de una mujer orgásmica,
o temporalmente anorgásmica? No creo que una
madre precise haber conocido el placer, para heredarle
a su hija el derecho al placer. Quizá basta,
con que la respete y respete su cuerpo, con que a través
de los cuidados le enseñe a amarse a sí misma.
Quizá basta con que le haya otorgado a su hija
el derecho a la palabra, y a considerar su cuerpo como
suyo. Sin rechazos, ni repulsiones. Quizá basta
con que haya podido concebir a su hija, como un ser
humano distinto y diferenciado de ella misma. Y al
cuerpo de su hija, como diferenciado del suyo, en lugar
de alienarla en una noción de cuerpo femenino
que se debe a la madre, al apellido paterno, a la religión,
al futuro marido, a los futuros hijos, al vecindario,
a la patria, y nunca a sí mismo.
La cultura entra
en tromba hasta el hogar, por supuesto. Extrañamente, en esta idéntica lógica
de feminidad entendida como negación del deseo,
la sensualidad femenina se considera desfeminizante. ¿No
es la más ridícula de las contradicciones?
Un hombre es considerado más viril y valorizado
socialmente, si asume su deseo sexual masculino, una
mujer es menos valorizada socialmente y se masculiniza,
si asume su deseo sexual, que no puede ser más
que femenino. Si se encuentra bien en su cuerpo de
mujer, si sabe qué pedir, si conoce sus ritmos,
si se coloca en un plano de igualdad (en el mutuo respeto
a la diferencia claro está) con su pareja, corre
el riesgo de ser percibida como agresiva, dado que
la feminidad está supuesta a ser pasiva, meramente
receptora, y lo más espiritual posible. Que
un hombre -además de amor y ternura- espere
placer de la relación sexual y del orgasmo,
es lo más "sano" y "normal" de este mundo, también
culturalmente hablando. Si un hombre no esperara placer
al hacer el amor, ¿ustedes creen que lo haría?
Así de rotundo nos parece, cuando se trata de
la vida sexual en masculino.
Cuando nos acercamos al placer
y al orgasmo femeninos, nos adentramos en cambio, en
todo tipo de asegunes: bueno, pero las mujeres no vamos
tanto por el cuerpo, somos más tiernas, el orgasmo nos importa menos.
Yo lo que quiero es que me abrace, o hacerlo feliz.
Etcétera. Pero ¿por qué serían
excluyentes el placer y la ternura? El placer compartido, ¿no
es acaso la experiencia misma de la ternura compartida?
Y algo que me pregunto y me pregunto y no encuentro
respuesta: ¿realmente el orgasmo nos importa
menos a nosotras, o estamos convencidas de que tiene
que importarnos menos? No hallo que responder. Si una
mujer que hasta hoy no ha tenido un orgasmo, decidiera
aprender a provocárselo mediante la masturbación,
tomándose tranquilamente todo el tiempo que
le sea necesario, conociéndose y reconociéndose,
sin culpabilidades o a pesar de ellas. Si esa mujer
se acercara a sus propios ritmos y entendiera cómo
escuchar su cuerpo ¿le daría de veras
igual el antes que el después?
En todo caso y si
así fuera, tendría
que intentarlo hasta allá, para saberlo a ciencia
cierta. Si me atrevo a plantearlo así de concretito,
es porque creo que la gran mayoría de las mujeres
fuimos anorgásmicas, justo hasta el día - o
la noche- en que dejamos de serlo. Y porque creo que
esa experiencia, si la deseamos pausadamente...llega.
Es importante esa palabra: pausadamente, aunque suene
medio extraña en el contexto del placer sexual.
Y si una mujer se reconoce en su cuerpo, y decide compartir
esa experiencia con un hombre o con otra mujer, y si
esa experiencia es una cita con el placer, y con el
orgasmo compartido ¿nos daría de veras
igual, el antes que el después?
En el caso de la
heterosexualidad, los ritmos de la sensualidad masculina
y femenina son distintos. Sin duda. Pero ¿serán tan extremosamente
distintos como nos han dicho? Porque al hacer el amor
no se trata de cumplir una función fisiológica
de manera expedita. En el célebre "in and out" de
dos minutos y medio, la sensualidad femenina
no tiene cabida, pero la masculina tampoco. Lo que
humaniza el placer, lo que celebra el encuentro de
una pareja, está más allá de la
sexualidad profiláctica y puntual, que además
a las mujeres nos deja fuera.
Que si seré clitoridiana, que si seré vaginal. ¿A
quién le importan las etiquetas? El placer es
un tejido de caricias, de palabras, creo que para nosotras
las mujeres, de muchísimas palabras, de libertades
que una se va permitiendo. De pequeñas y grandes
trasgresiones con respecto a nuestros condicionamientos
familiares y culturales. El placer es otorgarse la
libertad de fantasear, de actuar muchas de las fantasías,
y de elegir que hay otras, que por cuestiones de economía
libidinal, una mejor nada más juega a imaginarlas.
El placer se da en el cuerpo y se produce y termina,
mucho más allá del cuerpo. Pero sobre
todo, el placer de la sensualidad compartida es, tendría
que ser, el piso de equidad indispensable en una pareja.
Cuando
le preguntaron a Jacques Lacan, pero ¿qué es
una mujer? Él respondió: "La mujer no
existe", es decir, no existe la mujer con mayúsculas,
lo que sí existe, es una mujer, más otra
mujer, más otra". Cada una singular y diferenciada.
Sin destino escrito, y con una vida por escribirse.
La propuesta lacaniana libertaria, que se niega a acotar
y redefinir la feminidad, es preferible a todas las
propuestas anteriores. Sí, la mujer con mayúscula
que nos engloba a todas no existe. El arquetipo. El
modelo único. Qué alivio. Pero una vez
dejado claro lo anterior, sabemos bien que las
mujeres tenemos mucho en común, y sabemos sobre
todo, que reconociéndonos como aliadas, las
que coincidamos y podamos ser aliadas, tenemos mucho
por ganar.
Cada vez que estoy, como hoy, en una reunión
femenina o mayoritariamente femenina pienso en aquella
frase de los abuelos: "Mujeres juntas, ni difuntas".
El siglo veinte fue el siglo de las grandes reuniones
de mujeres, y nos fue muy bien. Tenemos todavía
mucho que lograr, pero nos fue muy bien. Por ese instinto
aquelárrico que se ha probado tan positivo, me
gustan las reuniones de Semillas, sus arrejuntaderos
mensuales. Por eso me gustan sus proyectos. Allí donde
las mujeres nos atrevemos a hablar entre nosotras,
algo pasa, tiene que ver con la fuerza, con
la honestidad, con la posibilidad de reconocerse en
la otra y aprender de ella, y viceversa. Algo extraño
pasa, que tiene que ver con el deseo de romper el aislamiento
y el silencio. Y entonces - cuando las palabras compartidas
son posibles- algo pasa, que tiene que ver con la esperanza.
María Teresa Priego es escritora y periodista.
Es editorialista de Diario Monitor y comentarista de
Reporte 98.5 FM.
Intervención de la autora en la Conversación
entre Mujeres realizada en Semillas el 13 de febrero
de 2006.
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