El periódico La voz de México del 20 de enero de 1886, publicó el siguiente artículo sobre un hecho inédito:
“El lunes a las 5 de la tarde se verificó en la Escuela de Medicina de esta capital, el examen profesional de dentista de la estimada joven Margarita Chorné, hija del muy conocido y bien reputado cirujano dentista don Agustín Chorné. Los miembros del jurado aprobaron por unanimidad a la joven sustentante, que manifestó muy amplios y sólidos conocimientos en el ramo.
El brillante examen de la señorita Chorné abre un amplio campo a importantes reflexiones respecto a los adelantos que se pueden obtener por algunas jóvenes dedicadas a un ramo tan notable como la cirugía. Margarita Chorné es la primera que se ha presentado a un examen de este género, y estamos seguros de que la dedicación al estudio al que por muchos años ha estado consagrada, bajo la hábil dirección del señor su padre, ha de tener una abundante y digna recompensa en una numerosa y escogida clientela.
El laboratorio dental de los señores Chorné, situado en el número 24 de la calle de Mesones, goza, y con gran justicia, de gran reputación y hoy tendrá además el atractivo de que los señores podrán ponerse en manos de una joven diestra e inteligente, que les evite las mortificaciones que les causa el tener que sujetarse a ser operados por las manos de un hombre que, por hábiles que sean, nunca tienen la delicada finura de las manos de una mujer”.
La voz de México, 20 de enero de 1886.
La recepción profesional de Margarita Chorné fue un acontecimiento de gran impacto para la sociedad porfiriana. De hecho la joven, sin proponérselo o siquiera imaginarlo, era la primera mujer que se titulaba de una profesión independiente en toda América Latina.
La imagen de una dama al frente de un gabinete dental, con un fórceps en la mano disponiéndose a realizar una intervención en la boca de un paciente, era inimaginable en aquella época.
A este trascendental suceso le siguieron otros no menos relevantes para el futuro de la mujer mexicana. Entre los más destacados: la edición de la primera revista femenina nacional, Violetas del Anáhuac, fundada y dirigida por la escritora mexicana Laureana Wright de Kleinhans. Uno de sus objetivos fue demandar la igualdad de oportunidades para ambos sexos y el sufragio para la mujer.

Meses después, en 1887, recibió su título la doctora Matilde Montoya, primera médica egresada de la Escuela Nacional de Medicina. Suceso tan fuera de lo común, que se festejó con una corrida de toros. Asimismo, gran sensación causó en 1898 el anuncio de que una estudiante de leyes defendería a un reo ante el jurado. Las crónicas sociales describieron que la abogado “vestía correctamente una toilette color marrón”, y que al terminar su actuación fue muy aplaudida por el nutrido grupo de curiosos que logró entrar al juicio.
Estos casos tan notables rompen un dique contenido por siglos, la mujer mexicana empieza su despertar. Las pioneras facilitarán el camino a generaciones de mujeres que durante las primeras décadas del siglo XX incursionarán en actividades antes ejercidas exclusivamente por varones. Valdría la pena mencionar algunos datos biográficos de la primera de ellas, Margarita Chorné y Salazar.
Margarita nació el 22 de febrero de 1864 en la casa número 6 de Puente Quebrado, calle que posteriormente da nombre a San Felipe Neri y que a la fecha se llama República de El Salvador. Inquieta desde muy pequeña, Margarita acudió a párvulos con sus hermanas, en donde aprendió las primeras letras y nociones de música. Después, como casi todas las niñas capitalinas de clase media acomodada, asistió a un colegio de monjas, en donde aprendió el catecismo, aritmética, geografía, lengua francesa, a tejer con gancho y a bordar punto de cruz. Doña Paz, su madre, intentó enseñarle a cocinar y a todos los menesteres que “una señorita decente” debe hacer en el hogar; al contrario de sus hermanas, Margarita odiaba entrar a la cocina. Detestaba también pasar las tardes haciendo encajes de bolillo, deshilar sábanas de lino, y aquellas aburridas tertulias femeninas para tomar bizcochos con chocolate mientras se comentaba el banquete de bodas del sábado pasado. Era mucho más divertido leer los libros de la biblioteca de su papá o salir a pasear con Rafa, su hermano.
En los planes de la familia Chorné no estaba el que sus niñas estudiaran más allá de la primaria, quizá algún curso de economía doméstica, doctrina cristiana, poesía, bordado y repostería, materias propias de quien está destinada a cuidar un hogar. A Margarita nada de esto le llamó la atención, a ella le gustaba además de escuchar e interpretar música, la lectura, e insistió hasta conseguirlo, que sus padres le permitieran hacer estudios secundarios en la escuela de La Paz, comúnmente conocida como Las Vizcaínas. Allí Margarita cursó materias que le parecieron fascinantes: historia natural, higiene, nociones de ciencias físicas, matemáticas, teneduría de libros, inglés y química. Su carácter inquieto y curioso, así como su gran apego a don Agustín y a su hermano Rafael, la impulsaron a asomarse, en cuanto llegaba de la escuela, al gabinete dental, en donde terminarían por aceptar su ayuda. Empezó a recibir a los pacientes, anotar sus nombres, lavar y guardar el instrumental. El interés por conocer los secretos de esta profesión la llevaría a leer furtivamente los textos de medicina en francés que guardaba su padre en aquel secreter de encino americano, y también las revistas como el Dental Cosmos que recibía su hermano.
Tuvieron que pasar tres años para que el doctor Chorné accediera a que Margarita se acercara a los pacientes. Ya antes había demostrado su gran habilidad en el laboratorio dental. Después de mucho contacto con la dentistería, Margarita estaba segura de que quería ejercerla para toda la vida. Gozaba devolverle a una boca la capacidad de sonreír y masticar, por eso se empeñaba cada día en fabricar, a la medida, esas hermosas dentaduras con piezas dentales de porcelana. Sin embargo para continuar en este oficio era necesario contar con el título de cirujano dentista. El trabajo más pesado fue convencer a sus familiares, uno por uno, para que le permitieran realizar los trámites de titulación. Después de resolver este problema, la joven se preparó exhaustivamente en todos los temas relacionados con el ejercicio profesional, ella sabía que tendría que convencer al jurado de que una mujer tiene la misma capacidad que los varones. A base de muchos esfuerzos, Margarita logró convertirse en la primera mujer profesionista de América Latina. Años después, en 1908, recibiría de parte del Instituto Midy de Toulouse, Francia, un diploma y una medalla que así lo acreditaban.
Después del camino abierto por Margarita, varias damas se aventuraron en la profesión dental: Clotilde Leonila Castañeda, se recibió en 1890, Mónica Correa fue examinada en 1896 y María Dolores titulada en junio de 1899. Ya creado el Consultorio Nacional de Enseñanza Dental - primera escuela de odontología en México- a principios del siglo XX, ingresó Clara Rosas en la segunda generación, titulándose en septiembre de 1908. Al año siguiente se recibieron Luisa Rojo y Angélica Avilés. Así se fue incorporando poco a poco la mujer mexicana a la profesión dental. La proporción de mujeres inscritas en escuelas dentales fue aumentando hasta llegar a la época actual, en donde el número de mujeres inscritas supera al de varones.
Margarita ejerció su amada profesión por espacio de cuarenta años, primero en el gabinete dental de su padre y después en un pequeño consultorio adaptado en un salón de su casa, que le permitió estar cerca de Baltasar, su único hijo. Durante su retiro, en edad avanzada, Margarita se dedicó a leer, convivir con sus dos nietas, tocar el piano y atender a sus mascotas: varios canarios que alegraban el corredor de su casa.
*La doctora Martha Díaz de Kuri recibió el premio DEMAC en 1999 en la categoría de biografías por el libro de donde se extrajo esta síntesis. Es donante de la Red MIM.
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