Colaboracióndelmes
“El país de las mujeres“
por Denise Dresser
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DMis palabras son una invitación a la provincia humana.
Para visitarla no hacen falta pasaportes sellados sino corazones
abiertos. Para recorrerla no es necesario obtener una visa; solo
se requiere tender la mano. Es una invitación a abrir los
ojos al país en el que vivimos. A ese país habitado
por millones de mujeres mexicanas que se levantan al alba a prender
la estufa, a preparar el desayuno, a remojar el arroz, a planchar
los pantalones, a terminar la trenza, a correr detrás del
camión, a trabajar donde puedan y donde les paguen por
hacerlo. El país de muchas mujeres que duermen poco porque
cargan con mucho. Con la mitad del cielo, como diría Mao.
Mantienen al universo en orden. Son pegamento y aceite y ungüento
y bálsamo. Son raíces profundas y árboles
frondosos. Son factor de cambio social. Son semillas.
Para acompañarlas, y ayudarlas a germinar, les pido que
piensen por un momento en las siguientes preguntas. ¿Y
si ustedes vivieran y mantuvieran a sus familias con 3,500 pesos
al mes? ¿Y si les tomara mas de dos horas y tres formas
diferentes de transporte público llegar a su trabajo? ¿Y
si al regresar a casa, después de un largo día,
su esposo las golpeara? ¿Y si, aunque ustedes contaran
su caso cientos de veces, prevaleciera el silencio? ¿Y
si su hija o su madre o su hermana fuera violada en la calle? ¿Y
si en el Ministerio Público le dijeran que ella se lo
buscó o que lo ocurrido no es un crimen? ¿Y si
resultara embarazada y la despidieran por ello? ¿Y si
hubiera complicaciones y no pudiera pagarle al médico? ¿Y
si ustedes estuvieran condenadas a la precariedad cotidiana como
tantas más?
Para muchas mujeres en México esas preguntas no son hipotéticas
sino reales. No representan lo que podría ocurrir sino
lo que ocurre. En México, ser mujer entraña tener
sólo 8 años de escolaridad promedio. En México,
ser mujer y trabajar en una maquiladora significa estar en peligro
de muerte. En México, ser mujer implica el 30 por ciento
de probabilidad de tener un hijo antes de los 20 años.
En México, ser mujer entraña ser la mitad de la
fuerza laboral pero no la mitad del salario que percibe. En México,
ser mujer todavía entraña luchar por el derecho
a serlo.
Porque el país cambia pero no lo suficiente; porque México
se mueve pero no siempre en la dirección correcta. Sugiere
la dramaturga Sabina Berman que el 2006 provoca un agujero en
el corazón de la patria. Y tiene razón. Basta con
mirar hacia atrás, recordar, reconocer lo que pasó y
todos padecimos. El presidente intervencionista y el terreno
desnivelado de juego que propició. Los candidatos polarizantes
y las campañas sucias que condujeron. Los empresarios
desatados y las reglas electorales que doblaron. Las instituciones
incompetentes y las dudas que contribuyeron a despertar. La izquierda
rabiosa y el tablero de la democracia que se aprestó a
patear. Las secuelas de todo ello: México partido entre
la triste tristeza de unos y la precaria tranquilidad de otros.
México dividido entre la cabizbaja confusión de
unos y la contundente certidumbre de otros.
Algo está mal con México. Algo no funciona. Tiene
que ver con el control y los privilegios. Tiene que ver con 23
millones de personas en este país que viven con 20 pesos
al día –muchas de ellas mujeres. Tiene que ver con
que una de cada cinco personas entre la edad de 25 y 35 anos
vive y trabaja en Estados Unidos –muchas de ellas mujeres.
Tiene que ver con el éxodo de 250,000 mexicanos que cruzan
la frontera en busca de oportunidades que no encuentran en su
propio país –muchas de ellos mujeres. Con que la
hija de un obrero tiene sólo el 5 por ciento de probabilidades
de convertirse en profesionista. Y todo eso que no funciona se
acaba de ver reflejado en una elección en la que 14 millones
de personas votaron por otro modelo económico aunque fuera
inviable. Allí están para quien las quiera ver:
señales claras de un status quo que es insostenible; síntomas
de problemas profundos, históricos, estructurales. Para
todos aquellos que han dado un suspiro de alivio ante el desenlace
de esta elección, me parece importante no cerrar los ojos
ante la dimensión de la sacudida ni la seriedad del llamado
de atención.
A lo largo del sur del país y a lo ancho de sus zonas
más pobres. En cada institución disfuncional y
en cada funcionario insensible que la encabeza. En cada decisión
arbitraria por parte de alguien que ejerce el poder y en cada
mexicano que padece sus consecuencias.
El país de privilegios y de quienes no quieren perderlos
es real. Existe. Está allí. Consagrado en la nueva
Ley de Radio y Televisión que busca precisamente preservar
los cotos adquiridos. Los evasores de impuestos que no quieren
comprometerse a pagarlos. Los bonos sexenales avalados sin estar
vinculados a la productividad. Los contratos otorgados de manera
discrecional bajo el arropo de “la normatividad existente”.
El país como botín repartido. El país donde
40 por ciento de las familias más pobres recibe sólo
el 13 por ciento del ingreso. Los problemas profundos que requieren
soluciones urgentes están allí, afectan particularmente
a las mujeres.
Si la elección deja una sola lección, es que va
a ser necesario pensar en un México menos cupular y más
ciudadano. Menos elitista y más democrático. Menos
interesado en retener las oportunidades insólitas que
tienen y más interesado en crearlas para otros. De lo
que se trata, en esencia, es de cambiar la forma geométrica
del país. Pasar del triángulo al rombo. Crear una
amplia clase media poblada por muchas mujeres con voz, con derechos,
con oportunidades para generar riqueza y acumularla. Crear mexicanas,
emprendedoras, educadas, competitivas, meritocráticas
porque el país les permite serlo. Crear un sistema económico
que promueva la movilidad social en vez de permitir la perpetuación
de obstáculos que la inhiben. Entender –como lo
dijo Martin Luther King– que la verdadera compasión
es más que darle una moneda a un pordiosero; entraña
remodelar la estructura que produce a los pordioseros.
Porque México sigue siendo una democracia que produce
demasiadas personas que viven con la mano abierta, con la palma
extendida. México sigue siendo una democracia incompleta
y sobre todo para sus mujeres. Sigue siendo un país de
mujeres pobres, de mujeres analfabetas, de mujeres subempleadas,
de mujeres sin representación política real, de
mujeres violadas, de mujeres golpeadas, de mujeres sin la capacidad
de decidir sobre sus propios cuerpos. Sigue siendo un país
donde se elogia a las mujeres pero se les paga menos por trabajar
más. Sigue siendo un país donde el acoso sexual
sólo es penalizado en diez estados. Sigue siendo, como
lo dice Elena Poniatowska, un país de culpables.
Un país sentado en la banca. En las gradas. Contemplando
lo que le sucede a sus mujeres, día tras día, año
tras año, década tras década. En las casas
y en las calles. En las oficinas y en las fábricas. En
Ciudad Juárez y en el Estado de México. Porque
es tan común. Porque es tan normal. Porque es tan “poco
grave”. Pensar que las mujeres son algo –no alguien – que
puede ser usado y humillado. Algo que puede ser acariciado a
tientas en el Metro y golpeado en la casa. Algo que puede ser
acosado en las oficinas de un Magistrado y no recibir sanción
por ello. Algo que se lo buscó por usar la falda tan arriba
y el escote tan abajo.
Como en tiempos cavernícolas y tiempos prehispánicos
y tiempos autoritarios y tiempos democráticos. Todos los
tiempos son buenos para maltratar o discriminar a una mujer en
México. Todos los tiempos son buenos para evadir un castigo
por hacerlo.
Todos los días en México alguien acosa sexualmente
a una mujer. Alguien golpea a una mujer. Alguien viola a una
mujer. Alguien deja de educar a una mujer. Alguien discrimina
a una mujer. Y todos los días, millones de mexicanos permiten
que eso ocurra. Permanecen sentados, presenciando a los políticos
y sus evasiones, a los jueces y sus justificaciones, a los Ministerios
Públicos y sus claudicaciones. Mirando a través
de sus lentes oscuros como si sólo fueran espectadores
de algún tipo de deporte nacional. Cuidando su propia
vida sin querer involucrarse. Sin participar. Sin exigir. Cómplices
voluntarios.
Hoy la mira del país está puesta en los políticos.
En los partidos. En los abusos que ambos cometen. En la baja
calidad de la democracia mexicana y cómo mejorarla. Pero
esa agenda pendiente trasciende a los hombres y a sus pequeños
pleitos. Abarca más que las reglas del juego electoral
y su transformación. Incluye más que las reglas
del financiamiento público y su reconsideración.
Trasciende a lo que ocurrió el 2 de julio. La profundización
de la democracia mexicana también pasa por la reconfiguración
del mapa mental de su población. Ese mapa mental que asigna
a las mujeres de México un lugar inferior. Una nota de
pie de página. Un apéndice. Un vagón de
segunda clase.
Por ello muchas niñas son obligadas a abandonar la escuela
para ocuparse del trabajo doméstico. Por ello las mujeres
adultas ganan menos aunque trabajen igual o más. Aunque
son un componente creciente de la fuerza de trabajo, su género
las agarra de la nuca. Aunque encuentran empleo en el sector
maquilador, su salario suele ser menor al de los hombres sentados
a su lado.
De allí la necesidad de empoderarlas, y no hablo aquí de
darles el poder que antes pertenecía a sus esposos. Hablo
de darles crédito, hablo de darles recursos, hablo de
darles dinero para organizarse y organizar a las demás.
Hablo de darles poder… pero no el poder para gobernar
sino el poder para vivir. Las mujeres que Semillas apoya lo saben.
Lo asumen.
Allí está el caso de Esther Chávez Cano,
la fundadora de Casa Amiga, una organización de Ciudad
Juárez que apoya a las familias de las más de 300
mujeres asesinadas. Allí está Laura Cao Romero,
fundadora de Ticime, una organización que apoya y promueve
la práctica de la partería como un ejercicio de
los derechos sexuales, reproductivos y de salud de la mujer.
Allí está Macedonia Blas Flores, líder de
un proyecto de desarrollo sustentable y derechos de la mujer
en una comunidad indígena de Querétaro. Allí está Sandra
Noemí Peniche Quintal, fundadora de “Mamitas”,
un proyecto que proporciona refugio, apoyo y trabajo a mujeres
víctimas de violencia familiar. Ellas y tantas otras.
En pocas palabras, se trata de reconocer a las mujeres como
ciudadanas completas: con cerebro y útero, con manos y
pies, con capacidad para cambiar el destino del país y
la responsabilidad de reinventarlo. Porque la causa de cualquier
mujer es una causa nuestra. Y a nosotras nos corresponde ayudarlas.
Con agua. Con sol. Con aire. Con la energía necesaria
para que la urgencia reemplace a la paciencia. Con todo aquello
que contribuya a fermentar ideas y ponerlas en práctica,
a explorar nuevos terrenos y conquistarlos, a abrir mentes cerradas
y puertas también. Organización tras organización,
casa tras casa, proyecto tras proyecto, iniciativa tras iniciativa.
Para que pare la violencia. Para que no haya más mujeres
golpeadas o sub-empleadas o maltratadas. Para que las vivas tengan
opciones.
Si ustedes invierten en otras mujeres, descubrirán aliadas
acérrimas, heroínas de miel y acero, apóstoles
aguerridas y un montón de manos dispuestas a trabajar.
Trabajar con la convicción inquebrantable de mejorar a
México. De restañar a la República. De sanar
el soplo del que escribió Sabina Berman. De combatir la
peor tragedia que es la indiferencia.
Pero “uno no puede creer en cosas imposibles” le
dice Alicia a la Reina en A través del espejo. “Permíteme
decirte que no has tenido mucha práctica” le responde
la Reina. “Cuando yo tenía tu edad, siempre lo hacía
durante media hora al día. Bueno, a veces he creído
en por lo menos seis cosas imposibles antes del desayuno”.
Y yo, lo confieso, también. Porque hay que creer para
entender. Hay que creer para actuar. Hay que creer porque si
se abdica a ello, las personas se vuelven pequeñas, escribió Emily
Dickinson.
Y yo creo que es necesario volver a México un país
de ciudadanas. Un lugar poblado por mujeres conscientes de sus
derechos y dispuestas a contribuir para defenderlos. Dispuestas
a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes
cambios. Dispuestos a sacrificar su zona de seguridad personal
para que otras la compartan. Dispuestas a pensar que el bien
es tan contagioso como el mal y comprometidas a actuar para demostrarlo.
Yo creo que ser de clase media en un país con cuarenta
millones de pobres es ser privilegiado. Y los privilegiados tienen
la obligación de regresar algo al país que les
ha permitido obtener esa posición. Porque, ¿para
qué sirve la experiencia, el conocimiento, el talento,
si no se usa para hacer de México un lugar más
justo? ¿Para qué sirve el ascenso social si hay
que pararse sobre las espaldas de otros para conseguirlo? ¿Para
qué sirve la educación si no se ayuda a los demás
a obtenerla? ¿Para qué sirve la riqueza si hay
que erigir cercas electrificadas cada vez más altas para
defenderla? ¿Para qué sirve ser habitante de un
país si no se asume la responsabilidad compartida de asegurar
vidas dignas allí? ¿Qué valor tiene la compasión
si no toma en sus brazos a quien la motiva?
Yo creo que las mujeres comunes y corrientes pueden lograr cosas
extraordinarias. Yo creo en las que hacen más que pararse
en fila y en silencio. En las mujeres que pelean por los derechos
de quienes ni siquiera saben que los tienen como lo hacen tantas,
apoyadas por Semillas. Ella, heroínas de todos los días.
Ombudswomans cotidianas.
Yo creo que mientras existan mujeres así –encendidas,
comprometidas, preocupadas – el contagio continuará,
poco a poco, y a empujones como todo lo que vale la pena. Aprenderemos
que es más importante ser demócrata que ser perredista,
ser demócrata que ser panista. El monólogo de los
líderes se convertirá en el coro de la población.
La exasperación de los ciudadanos construirá cercos
en torno a los políticos. Yo creo que un día –no
tan lejano, quizás – habrá una diputada que
suba a la tribuna y exija algo a nombre de la gente que la ha
elegido. En lugar de mirar con quién se codea en el poder,
mirará a quienes la llevaron allí. Y México
será otro país, otro.
Yo creo que eso es posible, pero sólo ocurrirá cuando
la fe de algunas se vuelva la convicción de muchas. Cuando
la creencia en el cambio se concrete en acciones diarias para
asegurarlo. Cuando ustedes – nosotras – aprendamos
a vivir en México de manera diferente.
Porque la evolución de la democracia mexicana tiene que
ver con la manera en la cual los ciudadanos del país se
tratan unos a otros. Tiene que ver con una forma de pensar. Con
una forma de participar, de bajar de las gradas y ayudar. De
denunciar el acoso sexual y exigir su penalización. De
fustigar la violencia contra las mujeres y demandar su erradicación.
De decir que un golpe a una es un golpe a todas. De pelear contra
todas las formas de discriminación. De educar a una niña
para que sepa que puede ser presidente de México, aunque
ojalá aspire a algo mejor. De pensar que las mujeres son
ciudadanas y deben ser tratadas como tales. De construir – con
el apoyo a organizaciones como Semillas -- una verdadera República
donde los hombres tienen sus derechos y nada más. Donde
las mujeres tienen sus derechos y nada menos.
El derecho de “convertirse en lo que se es”, como
diría Rosario Castellanos. Una persona que se elige a
sí misma. Que derriba las paredes de su celda. Que estremece
los cimientos de lo establecido. Que alza la voz contra el país
de espectadores. Que logra la realización de lo auténtico.
Mujer y cerebro. Mujer y corazón. Mujer y madre. Mujer
y esposa. Mujer y profesionista. Mujer y ciudadana. Mujer y ser
humano.
Denise Dresser es politóloga, editorialista
y donante de la Red MIM
Fotos cortesía de Lucero González
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