¡Aparta la fecha!

Cierre de
El Semillón

Miércoles 14 de marzo,
19:00 horas

Semillas invita al coctel para celebrar el cierre de su campaña de procuración de fondos El Semillón, un millón de pesos para financiar 10 proyectos de organizaciones de mujeres. Se anunciará el monto reunido en la campaña y se realizará la rifa organizada por Pepita Serrano y SIVAM, A.C. a beneficio de Semillas, con regalos de Tane, Frattina, Hermés, Gucci y Berger, entre otros.

Casa Natura
Homero 823, Col. Polanco

 

Evento conmemorativo del Día Internacional
de la Mujer


Miércoles 7 de marzo, de las 9:00 a las 21:00 horas.
Auditorio Nacional

Un día entero de conferencias para las mujeres: cómo lograr un balance entre la vida personal y profesional, autoestima, tecnologías de información, el arte de negociar, entre otros temas. Semillas tendrá un puesto de información en este evento y habrá una venta de arte a beneficio de nuestra organización. Si quieres asistir, entra a www.diainternacionaldelamujer.com.mx

La cita es en Mártires de Tacubaya 62, Col. Tacubaya. Valet Parking en el Hotel Radisson ubicado en Av. Revolución 333. Vino de honor. Mayores informes al 52 73 79 00 o en www.fogra.com.mx

 

Noticias

Organiza Pepita Serrano
rifa a beneficio de Semillas

Pepita Serrano, fundadora de la Sociedad Internacional de Valores de Arte Mexicano, A.C. (SIVAM), y donante de Semillas, organizó una rifa a beneficio de nuestra organización, que se realizará el próximo miércoles 14 de marzo durante el coctel de cierre de la campaña El Semillón.

Entre los regalos que se rifarán se encuentran una gargantilla de Tane, una bolsa de mano de Frattina, un anillo de Berger, un chal de Hermés, un juego de escritorio de Ninot, un anillo de Colette Steckel y un saco de Alvaro Reyes.

Los boletos tienen un costo de 200 pesos y están a la venta en Semillas con Elvira Nenclares, 55 53 01 09 ext. 221 o elvira.nenclares@semillas.org.mx. El monto reunido por venta de boletos para esta rifa se integrará a El Semillón.

 

En este número

El Semillón avanza

Bienvenida a nuev@s donantes a El Semillón y a la Red MIM

¿Por qué invertir en Semillas?

Noticias: Organiza Pepita Serrano rifa a beneficio de Semillas

Colaboración del mes: “El país de las mujeres“ por Denise Dresser

 

 


El Semillón
avanza
El Semillón está en la recta final y estamos cerca de lograr la meta. Queremos compartir contigo los avances de nuestra campaña. Hasta finales de enero habíamos logrado reunir 709,500 pesos.

Durante febrero recibimos un monto de 66,900 pesos por concepto de donativos individuales y venta de boletos de la rifa organizada por SIVAM, A.C. a beneficio de Semillas. A esto se sumó un donativo de Banorte por 50,000 pesos, lo cual nos da un total de 116,900 pesos reunidos durante el mes pasado.

Estamos a 92,600 pesos de la meta. No te quedes fuera de este esfuerzo colectivo para financiar 10 proyectos de organizaciones de mujeres en 10 estados de la República. El Semillón cierra el 14 de marzo. Llama a Elvira Nenclares al 55 53 01 09 ext. 221, o envía un correo electrónico a elvira.nenclares@semillas.org.mx. Todos los donativos son deducibles de impuestos.

¡Pon tu semilla para el millón!

.


 

Semillas da
la más cordial bienvenida a sus nuev@s donantes:

Anna C.Helszajn
Connie Ruth Sotelo Olivares
Gaetana Enders
Charles y Karen Neff
Janine E. Núñez Cruz
Mariví Esteve de Murga
María Enriqueta Sánchez
Mónica del Villar K.
Paola Toffano del Río
Verónica Rocha San


 

¿Por qué
invertir
en Semillas?

“Semillas llama la atención sobre un asunto básico: el dinero hace mucha falta, sin dinero no se pueden mover cosas, la pura buena voluntad no resuelve. En ese sentido cubre un vacío y nos convoca a muchos que tenemos la posibilidad de unirnos a esa causa. Y yo quiero ser parte de ese compromiso”.

Lucía Álvarez
Socióloga, investigadora de la UNAM
Donante


 

Colaboracióndelmes
“El país de las mujeres“
por Denise Dresser

DMis palabras son una invitación a la provincia humana. Para visitarla no hacen falta pasaportes sellados sino corazones abiertos. Para recorrerla no es necesario obtener una visa; solo se requiere tender la mano. Es una invitación a abrir los ojos al país en el que vivimos. A ese país habitado por millones de mujeres mexicanas que se levantan al alba a prender la estufa, a preparar el desayuno, a remojar el arroz, a planchar los pantalones, a terminar la trenza, a correr detrás del camión, a trabajar donde puedan y donde les paguen por hacerlo. El país de muchas mujeres que duermen poco porque cargan con mucho. Con la mitad del cielo, como diría Mao. Mantienen al universo en orden. Son pegamento y aceite y ungüento y bálsamo. Son raíces profundas y árboles frondosos. Son factor de cambio social. Son semillas.

Para acompañarlas, y ayudarlas a germinar, les pido que piensen por un momento en las siguientes preguntas. ¿Y si ustedes vivieran y mantuvieran a sus familias con 3,500 pesos al mes? ¿Y si les tomara mas de dos horas y tres formas diferentes de transporte público llegar a su trabajo? ¿Y si al regresar a casa, después de un largo día, su esposo las golpeara? ¿Y si, aunque ustedes contaran su caso cientos de veces, prevaleciera el silencio? ¿Y si su hija o su madre o su hermana fuera violada en la calle? ¿Y si en el Ministerio Público le dijeran que ella se lo buscó o que lo ocurrido no es un crimen? ¿Y si resultara embarazada y la despidieran por ello? ¿Y si hubiera complicaciones y no pudiera pagarle al médico? ¿Y si ustedes estuvieran condenadas a la precariedad cotidiana como tantas más?

Para muchas mujeres en México esas preguntas no son hipotéticas sino reales. No representan lo que podría ocurrir sino lo que ocurre. En México, ser mujer entraña tener sólo 8 años de escolaridad promedio. En México, ser mujer y trabajar en una maquiladora significa estar en peligro de muerte. En México, ser mujer implica el 30 por ciento de probabilidad de tener un hijo antes de los 20 años. En México, ser mujer entraña ser la mitad de la fuerza laboral pero no la mitad del salario que percibe. En México, ser mujer todavía entraña luchar por el derecho a serlo.

Porque el país cambia pero no lo suficiente; porque México se mueve pero no siempre en la dirección correcta. Sugiere la dramaturga Sabina Berman que el 2006 provoca un agujero en el corazón de la patria. Y tiene razón. Basta con mirar hacia atrás, recordar, reconocer lo que pasó y todos padecimos. El presidente intervencionista y el terreno desnivelado de juego que propició. Los candidatos polarizantes y las campañas sucias que condujeron. Los empresarios desatados y las reglas electorales que doblaron. Las instituciones incompetentes y las dudas que contribuyeron a despertar. La izquierda rabiosa y el tablero de la democracia que se aprestó a patear. Las secuelas de todo ello: México partido entre la triste tristeza de unos y la precaria tranquilidad de otros. México dividido entre la cabizbaja confusión de unos y la contundente certidumbre de otros.

Algo está mal con México. Algo no funciona. Tiene que ver con el control y los privilegios. Tiene que ver con 23 millones de personas en este país que viven con 20 pesos al día –muchas de ellas mujeres. Tiene que ver con que una de cada cinco personas entre la edad de 25 y 35 anos vive y trabaja en Estados Unidos –muchas de ellas mujeres. Tiene que ver con el éxodo de 250,000 mexicanos que cruzan la frontera en busca de oportunidades que no encuentran en su propio país –muchas de ellos mujeres. Con que la hija de un obrero tiene sólo el 5 por ciento de probabilidades de convertirse en profesionista. Y todo eso que no funciona se acaba de ver reflejado en una elección en la que 14 millones de personas votaron por otro modelo económico aunque fuera inviable. Allí están para quien las quiera ver: señales claras de un status quo que es insostenible; síntomas de problemas profundos, históricos, estructurales. Para todos aquellos que han dado un suspiro de alivio ante el desenlace de esta elección, me parece importante no cerrar los ojos ante la dimensión de la sacudida ni la seriedad del llamado de atención.

A lo largo del sur del país y a lo ancho de sus zonas más pobres. En cada institución disfuncional y en cada funcionario insensible que la encabeza. En cada decisión arbitraria por parte de alguien que ejerce el poder y en cada mexicano que padece sus consecuencias.

El país de privilegios y de quienes no quieren perderlos es real. Existe. Está allí. Consagrado en la nueva Ley de Radio y Televisión que busca precisamente preservar los cotos adquiridos. Los evasores de impuestos que no quieren comprometerse a pagarlos. Los bonos sexenales avalados sin estar vinculados a la productividad. Los contratos otorgados de manera discrecional bajo el arropo de “la normatividad existente”. El país como botín repartido. El país donde 40 por ciento de las familias más pobres recibe sólo el 13 por ciento del ingreso. Los problemas profundos que requieren soluciones urgentes están allí, afectan particularmente a las mujeres.

Si la elección deja una sola lección, es que va a ser necesario pensar en un México menos cupular y más ciudadano. Menos elitista y más democrático. Menos interesado en retener las oportunidades insólitas que tienen y más interesado en crearlas para otros. De lo que se trata, en esencia, es de cambiar la forma geométrica del país. Pasar del triángulo al rombo. Crear una amplia clase media poblada por muchas mujeres con voz, con derechos, con oportunidades para generar riqueza y acumularla. Crear mexicanas, emprendedoras, educadas, competitivas, meritocráticas porque el país les permite serlo. Crear un sistema económico que promueva la movilidad social en vez de permitir la perpetuación de obstáculos que la inhiben. Entender –como lo dijo Martin Luther King– que la verdadera compasión es más que darle una moneda a un pordiosero; entraña remodelar la estructura que produce a los pordioseros.

Porque México sigue siendo una democracia que produce demasiadas personas que viven con la mano abierta, con la palma extendida. México sigue siendo una democracia incompleta y sobre todo para sus mujeres. Sigue siendo un país de mujeres pobres, de mujeres analfabetas, de mujeres subempleadas, de mujeres sin representación política real, de mujeres violadas, de mujeres golpeadas, de mujeres sin la capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos. Sigue siendo un país donde se elogia a las mujeres pero se les paga menos por trabajar más. Sigue siendo un país donde el acoso sexual sólo es penalizado en diez estados. Sigue siendo, como lo dice Elena Poniatowska, un país de culpables.

Un país sentado en la banca. En las gradas. Contemplando lo que le sucede a sus mujeres, día tras día, año tras año, década tras década. En las casas y en las calles. En las oficinas y en las fábricas. En Ciudad Juárez y en el Estado de México. Porque es tan común. Porque es tan normal. Porque es tan “poco grave”. Pensar que las mujeres son algo –no alguien – que puede ser usado y humillado. Algo que puede ser acariciado a tientas en el Metro y golpeado en la casa. Algo que puede ser acosado en las oficinas de un Magistrado y no recibir sanción por ello. Algo que se lo buscó por usar la falda tan arriba y el escote tan abajo.

Como en tiempos cavernícolas y tiempos prehispánicos y tiempos autoritarios y tiempos democráticos. Todos los tiempos son buenos para maltratar o discriminar a una mujer en México. Todos los tiempos son buenos para evadir un castigo por hacerlo.

Todos los días en México alguien acosa sexualmente a una mujer. Alguien golpea a una mujer. Alguien viola a una mujer. Alguien deja de educar a una mujer. Alguien discrimina a una mujer. Y todos los días, millones de mexicanos permiten que eso ocurra. Permanecen sentados, presenciando a los políticos y sus evasiones, a los jueces y sus justificaciones, a los Ministerios Públicos y sus claudicaciones. Mirando a través de sus lentes oscuros como si sólo fueran espectadores de algún tipo de deporte nacional. Cuidando su propia vida sin querer involucrarse. Sin participar. Sin exigir. Cómplices voluntarios.

Hoy la mira del país está puesta en los políticos. En los partidos. En los abusos que ambos cometen. En la baja calidad de la democracia mexicana y cómo mejorarla. Pero esa agenda pendiente trasciende a los hombres y a sus pequeños pleitos. Abarca más que las reglas del juego electoral y su transformación. Incluye más que las reglas del financiamiento público y su reconsideración. Trasciende a lo que ocurrió el 2 de julio. La profundización de la democracia mexicana también pasa por la reconfiguración del mapa mental de su población. Ese mapa mental que asigna a las mujeres de México un lugar inferior. Una nota de pie de página. Un apéndice. Un vagón de segunda clase.

Por ello muchas niñas son obligadas a abandonar la escuela para ocuparse del trabajo doméstico. Por ello las mujeres adultas ganan menos aunque trabajen igual o más. Aunque son un componente creciente de la fuerza de trabajo, su género las agarra de la nuca. Aunque encuentran empleo en el sector maquilador, su salario suele ser menor al de los hombres sentados a su lado.

De allí la necesidad de empoderarlas, y no hablo aquí de darles el poder que antes pertenecía a sus esposos. Hablo de darles crédito, hablo de darles recursos, hablo de darles dinero para organizarse y organizar a las demás. Hablo de darles poder… pero no el poder para gobernar sino el poder para vivir. Las mujeres que Semillas apoya lo saben. Lo asumen.

Allí está el caso de Esther Chávez Cano, la fundadora de Casa Amiga, una organización de Ciudad Juárez que apoya a las familias de las más de 300 mujeres asesinadas. Allí está Laura Cao Romero, fundadora de Ticime, una organización que apoya y promueve la práctica de la partería como un ejercicio de los derechos sexuales, reproductivos y de salud de la mujer. Allí está Macedonia Blas Flores, líder de un proyecto de desarrollo sustentable y derechos de la mujer en una comunidad indígena de Querétaro. Allí está Sandra Noemí Peniche Quintal, fundadora de “Mamitas”, un proyecto que proporciona refugio, apoyo y trabajo a mujeres víctimas de violencia familiar. Ellas y tantas otras.

En pocas palabras, se trata de reconocer a las mujeres como ciudadanas completas: con cerebro y útero, con manos y pies, con capacidad para cambiar el destino del país y la responsabilidad de reinventarlo. Porque la causa de cualquier mujer es una causa nuestra. Y a nosotras nos corresponde ayudarlas. Con agua. Con sol. Con aire. Con la energía necesaria para que la urgencia reemplace a la paciencia. Con todo aquello que contribuya a fermentar ideas y ponerlas en práctica, a explorar nuevos terrenos y conquistarlos, a abrir mentes cerradas y puertas también. Organización tras organización, casa tras casa, proyecto tras proyecto, iniciativa tras iniciativa. Para que pare la violencia. Para que no haya más mujeres golpeadas o sub-empleadas o maltratadas. Para que las vivas tengan opciones.

Si ustedes invierten en otras mujeres, descubrirán aliadas acérrimas, heroínas de miel y acero, apóstoles aguerridas y un montón de manos dispuestas a trabajar. Trabajar con la convicción inquebrantable de mejorar a México. De restañar a la República. De sanar el soplo del que escribió Sabina Berman. De combatir la peor tragedia que es la indiferencia.

Pero “uno no puede creer en cosas imposibles” le dice Alicia a la Reina en A través del espejo. “Permíteme decirte que no has tenido mucha práctica” le responde la Reina. “Cuando yo tenía tu edad, siempre lo hacía durante media hora al día. Bueno, a veces he creído en por lo menos seis cosas imposibles antes del desayuno”. Y yo, lo confieso, también. Porque hay que creer para entender. Hay que creer para actuar. Hay que creer porque si se abdica a ello, las personas se vuelven pequeñas, escribió Emily Dickinson.

Y yo creo que es necesario volver a México un país de ciudadanas. Un lugar poblado por mujeres conscientes de sus derechos y dispuestas a contribuir para defenderlos. Dispuestas a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes cambios. Dispuestos a sacrificar su zona de seguridad personal para que otras la compartan. Dispuestas a pensar que el bien es tan contagioso como el mal y comprometidas a actuar para demostrarlo.

Yo creo que ser de clase media en un país con cuarenta millones de pobres es ser privilegiado. Y los privilegiados tienen la obligación de regresar algo al país que les ha permitido obtener esa posición. Porque, ¿para qué sirve la experiencia, el conocimiento, el talento, si no se usa para hacer de México un lugar más justo? ¿Para qué sirve el ascenso social si hay que pararse sobre las espaldas de otros para conseguirlo? ¿Para qué sirve la educación si no se ayuda a los demás a obtenerla? ¿Para qué sirve la riqueza si hay que erigir cercas electrificadas cada vez más altas para defenderla? ¿Para qué sirve ser habitante de un país si no se asume la responsabilidad compartida de asegurar vidas dignas allí? ¿Qué valor tiene la compasión si no toma en sus brazos a quien la motiva?

Yo creo que las mujeres comunes y corrientes pueden lograr cosas extraordinarias. Yo creo en las que hacen más que pararse en fila y en silencio. En las mujeres que pelean por los derechos de quienes ni siquiera saben que los tienen como lo hacen tantas, apoyadas por Semillas. Ella, heroínas de todos los días. Ombudswomans cotidianas.

Yo creo que mientras existan mujeres así –encendidas, comprometidas, preocupadas – el contagio continuará, poco a poco, y a empujones como todo lo que vale la pena. Aprenderemos que es más importante ser demócrata que ser perredista, ser demócrata que ser panista. El monólogo de los líderes se convertirá en el coro de la población. La exasperación de los ciudadanos construirá cercos en torno a los políticos. Yo creo que un día –no tan lejano, quizás – habrá una diputada que suba a la tribuna y exija algo a nombre de la gente que la ha elegido. En lugar de mirar con quién se codea en el poder, mirará a quienes la llevaron allí. Y México será otro país, otro.

Yo creo que eso es posible, pero sólo ocurrirá cuando la fe de algunas se vuelva la convicción de muchas. Cuando la creencia en el cambio se concrete en acciones diarias para asegurarlo. Cuando ustedes – nosotras – aprendamos a vivir en México de manera diferente.

Porque la evolución de la democracia mexicana tiene que ver con la manera en la cual los ciudadanos del país se tratan unos a otros. Tiene que ver con una forma de pensar. Con una forma de participar, de bajar de las gradas y ayudar. De denunciar el acoso sexual y exigir su penalización. De fustigar la violencia contra las mujeres y demandar su erradicación. De decir que un golpe a una es un golpe a todas. De pelear contra todas las formas de discriminación. De educar a una niña para que sepa que puede ser presidente de México, aunque ojalá aspire a algo mejor. De pensar que las mujeres son ciudadanas y deben ser tratadas como tales. De construir – con el apoyo a organizaciones como Semillas -- una verdadera República donde los hombres tienen sus derechos y nada más. Donde las mujeres tienen sus derechos y nada menos.

El derecho de “convertirse en lo que se es”, como diría Rosario Castellanos. Una persona que se elige a sí misma. Que derriba las paredes de su celda. Que estremece los cimientos de lo establecido. Que alza la voz contra el país de espectadores. Que logra la realización de lo auténtico. Mujer y cerebro. Mujer y corazón. Mujer y madre. Mujer y esposa. Mujer y profesionista. Mujer y ciudadana. Mujer y ser humano.

Denise Dresser es politóloga, editorialista y donante de la Red MIM


Fotos cortesía de Lucero González
Diseño y programación de El Semillero: Gloria Elisa Blanco / cuira.com.mx

Si no deseas seguir recibiendo El Semillero, por favor escríbenos para darte de baja de nuestras listas de correo: buzon@semillas.org.mx