Colaboracióndelmes
"El colchón del amor"
por Tanya Pliego
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Decir que en el mes del amor y la amistad lo más importante
es el amor y el cuidado que nos procuremos a nosotras mismas es
un lugar común. La verdad es que lo damos por sentado.
Hemos trabajado tanto en nuestra propia curación y desarrollo:
logramos sobrevivir a los oscuros túneles emocionales;
a los vacíos en forma de puentes interminables; al coraje,
que todo lo vuelve lúgubre; a la culpa, que cierra caminos
y nos deja sin opciones… que pensamos que ya con eso pagamos
la cuota. Nos da por creer que en automático, una vez vislumbrada
la luz al final del túnel, lo que sigue es simplemente
llegar a ella y hundirnos en el gran y mullido colchón
de infinito amor por una misma que ahí nos espera. Se ve
tan grande, tan pleno, tan bien plantado. Quisiéramos que
todas y todos sintieran su suavidad, su soporte gentil pero firme,
lo delicioso que es descansar en él, llenarse de él.
Comenzamos a operar las innumerables actividades en las que nos
involucramos sentadas en la orilla de la cama. Hay tantas cosas
por hacer, tanto por crear, tanto por aprender y tanta gente con
quien compartir el camino, las experiencias, la vida, que llega
un momento en que apenas nos conformamos con ver la cama de lejos.
Nos confiamos. ¿Cómo podríamos perder algo
que nos costó tan caro obtener? Es ridículo pretender
lograr un descanso reparador con apenas unas horas de sueño,
aún en el mejor de los colchones. Y sin embargo lo intentamos.
Sin darnos cuenta las cosas nos vuelven a costar un trabajo endemoniado,
el rumbo de repente deja de ser claro, otra vez tenemos problemas
para definirnos, la apatía regresa. Todo parece desmoronarse.
Sentimos como si estuviéramos dando un salto cuántico
hacia atrás y empezamos a sospechar que algo debe estar
muy, pero muy mal en nosotras.
Para nada. Sólo nos descuidamos. Nos desconectamos de
nuestro centro, permitimos que la vida nos arrastrara lejos de él.
La verdad es que mantenerse en el amor por una misma, en el famoso
centro, que por definición es más profundo que
ancho, es un arte de equilibrio muy difícil. Para cuando
nos damos cuenta que estamos extraviadas, ya pasamos un rato
dando vueltas en círculo, con la desesperación
que implica el sentirse perdidas. Entendamos que eso pasa, y
pasa seguido (que la vida no es lineal es otro lugar común
muy difícil de aprehender), así que es mejor estar
preparadas, y acompañadas. Para esos momentos las amigas
son inmejorables. Son las que te recuerdan las fortalezas que
de momento no alcanzas a ver, son la memoria de que ya has pasado
por ahí y de que la libraste, de que no estás sola,
de que cada vez que logras brincar un nuevo/viejo punto ciego
estás mejor preparada para el que sigue, aun cuando en
ese momento te sientas hundida.
No podemos evitar los malos momentos: el aprendizaje seguirá mientras
tengamos vida, y bien sabemos que el dolor es uno de los mejores
maestros. Lo que sí podemos hacer es revisarnos periódicamente:
bajarnos de nuestro galopante caballo de vez en vez y dedicar
algún tiempo y espacio específicos a tratar de
sentir nuestra relación con nosotras mismas. Un buen método
es hacerlo a través de nuestro cuerpo: el apetito, la
falta o el exceso de sueño, el cansancio, la piel, los
dolores (estómago, colón, cabeza, etcétera).
El cuerpo es nuestro mejor aliado, y no hay forma de que mienta.
Siempre que nos encontremos demasiado lejos de nuestro mullido
colchón va a encontrar la forma de avisarnos, sólo
es cuestión de estar atentas. Hagámosle caso. En
cuanto detectemos que algo raro está pasando, es mejor
tratar de ver qué es, aunque resulte confuso y enredado,
en lugar de ignorarlo y permitir que haga cachitos –aunque
sea temporalmente– nuestra seguridad y autoestima. ¡Feliz
San Valentín!
Tanya Pliego es periodista y donante de la Red MIM
Fotos cortesía de Lucero González
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