Inspirada por su padre, un hombre acogedor con las mujeres mayas que
pedían caridad a la puerta de su casa, a quienes invitaba a pasar
y sentarse a la mesa, y por su hermana misionera, Linabel Sarlat decidió volverse
monja.
Su deseo de consagrar su vida a los demás, alimentado por su propia
experiencia como misionera en una zona marginada de su natal Mérida,
la llevaron a entrar al noviciado de la Compañía de Santa Teresa
de Jesús, en la ciudad de México, a los 20 años.
“Ahora sí vas a aprender a obedecer”, le dijo su mamá,
cuando emprendía el viaje a México, justo el día de
su cumpleaños. “Era una cabra loca”, afirma Linabel.
Al salir del noviciado, Linabel entró a su primera comunidad, el
colegio La Florida. Poco después empezó a estudiar Lengua y
Letras en la UNAM, donde asistió a su primera marcha de protesta.
Formada para trabajar en colegios para niñas de clase alta, a mediados
de los 80 fue enviada a una misión indígena en Oxeloco, Hidalgo,
que la marcó para siempre por el contacto con una realidad distinta.
Dos años después, Linabel fue trasladada a Ciudad Juárez,
donde las Teresianas fundaron una secundaria en una zona periférica
y pobre. Esa experiencia reafirmó su vocación de trabajar en
comunidades de base, con las familias.
El Centro Comunitario
Pasó cuatro años en una escuela para preparatorianas ricas
en Guadalajara. Preocupada porque sus alumnas tuvieran contacto con la realidad
de su país, Linabel incorporó un programa que incluía
llevar a las jóvenes a una colonia pobre a las afueras de la ciudad.
“A las hermanas del Colegio empezó a no gustarles el asunto.
Al término del ciclo escolar me cambiaron de nuevo a Juárez
a la misma obra donde había estado. Poco tiempo después se
acabó el proyecto, se cerró la casa. En este punto ya me sentía
cansada de la obediencia ciega, sin razón, y empecé a vislumbrar
la idea de abandonar la Congregación”.
De nuevo en Juárez, Linabel se reencontró con Elvia Villescas,
antigua compañera del noviciado y de la UNAM con quien compartía
sueños y empuje. Con ella participó en la fundación
de un bachillerato de las Teresianas en la misma colonia marginada donde
había trabajado anteriormente. Entre las materias propuestas, se encontraban
Desarrollo humano, Habilidades del pensamiento y Reflexión y acción
comunitaria, fundamentales para la transformación de las personas,
y pilares de la filosofía de la organización que ellas fundarían
unos años más tarde.
Un año y medio después, la Congregación le notificó un
nuevo traslado. Sin entender por qué la separaban de esa obra decidió,
junto con Elvia, hacer un discernimiento para escuchar a su voz más
interna y saber qué es lo que Dios quería de ellas. “¿Qué razones
tenía para quedarme? ¿Cuáles para irme? Tenía
un montón de razones para irme y sólo dos para quedarme: mi
seguridad económica y mi vejez”, afirma Linabel con la sonrisa
y calidad humana que la definen.
En diciembre de 1999, luego de 23 años de servir a la Congregación,
Elvia y Linabel solicitaron un permiso de exclaustración para separarse
de las Teresianas. “Tuvimos que salir de la comunidad antes de que
terminara el ciclo escolar porque las demás hermanas nos trataban
como apestadas. Salimos a buscar un cuarto para rentar cerca del bachillerato,
pero no encontramos y fuimos a dar a Anapra, con unas monjas amigas. Ellas
nos ayudaron a encontrar uno, sin drenaje y sin agua. Nos mudamos al día
siguiente. En el último viaje nos llevamos a nuestras perras pastor
alemán”.
Después de trabajar por un año como maestras en la zona de
Anapra, donde 8 de cada 10 mujeres sufren algún tipo de violencia,
y algunas de ellas la ejercen también contra sus hijos, muchos de
los cuales no asisten a la escuela; donde no hay guarderías, no hay
biblioteca y no hay una clínica de 24 horas, Elvia y Linabel deciden
constituirse legalmente en la organización Las Hormigas, Comunidad
en Desarrollo, A.C. Su objetivo: transformar la realidad social injusta y
empobrecida, desde el desarrollo y el cambio personal.
En 2004, Semillas financió el proyecto de Las
Hormigas, “Vecinas
apoyando a Vecinas”, cuyo fin era trasladar a las mujeres en un minibús,
para que pudieran comprar víveres, y regresarlas a sus viviendas de
una manera digna, a diferencia del trato irrespetuoso y violento que sufrían
en el transporte público. De este proyecto surge lo que hoy son las
promotoras comunitarias en derechos de las mujeres, que tienen reuniones
semanales con sus grupos de trabajo.
Linabel Sarlat
Ese mismo año, fue inaugurado el Centro Comunitario de Las Hormigas,
con una población beneficiaria estimada de 500 personas, entre mujeres,
niñas y niños. Ahí se lleva a cabo el proyecto de transformación
personal en psicoterpia “Yo crezco, evoluciono y me comprometo con
el mundo” mediante el cual, Elvia y Linabel, formadas como terapeutas
Gestalt, ofrecen 50 terapias individuales a la semana. “Hemos logrado,
incluso, que tres hombres abusadores sexuales vayan a terapia individual”,
destaca Linabel.
También en el Centro tiene su sede el programa “Sonrisas en
el desierto” al que acuden niñas y niños que no asisten
a la escuela, o que tienen problemas de aprendizaje o para relacionarse,
con los cuales se trabaja en un ambiente Montessori.
A finales de este año, Las Hormigas planean abrir una Casa
de Cuidados que pueda acoger, en una primera etapa, a 20 niñas y niños
en situaciones límite, es decir, que se quedan solos, por ejemplo,
mientras sus madres salen a trabajar, y un vecino o familiar abusa sexualmente
de ellos.
Compartimos con Elvia y Linabel el sueño de una sociedad nueva, justa y equitativa,
donde las personas vivan con conciencia y responsabilidad su dignidad de
seres humanos. Actualmente, Semillas financia un proyecto de Las
Hormigas para fortalecer el Centro Comunitario y consolidar el grupo de promotoras
en derechos de las mujeres, así como un programa de capacitación
en desarrollo de recursos para dos integrantes de la organización.
www.comunidadlashormigas.org.
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